lunes, 12 de diciembre de 2011
ALEGRAOS EN EL SEÑOR
A medida que se acerca la fiesta de Navidad, se nos invita a vivir con alegría. Dicha alegría no es un sentimiento pasajero ni la satisfacción por haber adquirido en el mercado algo que echabas de menos y que te proporciona un placer más o menos satisfactorio. Tampoco es la euforia de quien se ve sorprendido por algún acontecimiento favorable. Es la alegría teologal, la alegría que viene del Espíritu Santo y que te colma de una sensación estable de plenitud y paz interior. Te da una sensación gratificante de confianza en Dios, en la vida que has elegido y en ti mismo. Es la alegría que te trae Jesucristo al conmemorar su nacimiento en Belén
Esta alegría profunda permanece contigo en medio de las preocupaciones, de los contratiempos y de los sufrimientos de la vida diaria, porque es un don de Dios y nada ni nadie la puede arrancar de tu corazón. Te permite vivir con serenidad alegre en medio de las tormentas de la existencia y no te la puede arrebatar nadie, porque es la irradiación luminosa de la presencia de Jesucristo en tu corazón. Por eso decimos que la fe nos hace libres, porque sostiene nuestra nuestra fortaleza interior y nos permite vivir sin arrodillarnos ante nadie que detente el poder y sin necesidad de adular a nadie. Porque Dios nos ha hecho libres, sólo nos arrodillamos ante el desvalimiento de un niño que nace en un pesebre y ante las personas pisoteadas para ayudarlas a levantarse.
El camino hacia esa alegría interior ya le conoces: una fe que se reaviva cada día al contacto con el fuego divino, en la oración; un amor que se alimenta de Jesucristo en la sagrada Eucaristía, en la Palabra y en el servicio a los más abandonados; y una esperanza que hunde sus raíces en la contemplación sosegada de lo que Dios ha hecho por nosotros, como nos enseña el Salmo 136, ese que hace exclamar al salmista lleno gratitud a Dios: "Porque es eterna su misericordia".
Esta alegría profunda permanece contigo en medio de las preocupaciones, de los contratiempos y de los sufrimientos de la vida diaria, porque es un don de Dios y nada ni nadie la puede arrancar de tu corazón. Te permite vivir con serenidad alegre en medio de las tormentas de la existencia y no te la puede arrebatar nadie, porque es la irradiación luminosa de la presencia de Jesucristo en tu corazón. Por eso decimos que la fe nos hace libres, porque sostiene nuestra nuestra fortaleza interior y nos permite vivir sin arrodillarnos ante nadie que detente el poder y sin necesidad de adular a nadie. Porque Dios nos ha hecho libres, sólo nos arrodillamos ante el desvalimiento de un niño que nace en un pesebre y ante las personas pisoteadas para ayudarlas a levantarse.
El camino hacia esa alegría interior ya le conoces: una fe que se reaviva cada día al contacto con el fuego divino, en la oración; un amor que se alimenta de Jesucristo en la sagrada Eucaristía, en la Palabra y en el servicio a los más abandonados; y una esperanza que hunde sus raíces en la contemplación sosegada de lo que Dios ha hecho por nosotros, como nos enseña el Salmo 136, ese que hace exclamar al salmista lleno gratitud a Dios: "Porque es eterna su misericordia".
miércoles, 7 de diciembre de 2011
ABRIR EL CORAZÓN A JESUCRISTO
Al comienzo de su pontificado, Juan Pablo II invitó a los jóvenes, y a todos los cristianos, a abrir de par en par las puertas a Jesucristo. La pregunta que se hacen numeronas personas es ésta: ¿Como puedo abrir el corazón a Dios? Se me ocurre un conjunto elemental de sugerencias que te pueden ayudar en este cometido.
La primera consiste en reflexionar, analizar tu vida y eliminar del corazón todo lo que puede ser un obstáculo a la presencia de Dios: ambiciones, envidias, orgullo, rencores, falta de sinceridad para con los demás y para contigo mismo, superficialidad... Por propia experiencia, sé que los resultados, más que una conquista humana, son un regalo de Dios. Algo así como el resplandor de su Presencia en tu alma. Pero es necesario que tú reconozcas tus pecados con humildad y que le pidas al Señor que limpie tu espiritu de todo mal y de toda actitud contraria al amor.
La segunda, intensificar tu deseo de hallar el rostro de Dios. Y como nos dice san Pablo que Cristo es el rostro de Dios vivo y la impronta de su ser, intensificarás tu deseo de ver el rostro de Dios, en la medida en que profundices en el conocimiento de Jesucristo: leyendo y meditando cada día el Evangelio; estudiando cuanto enseña sobre Él el Catecismo de la Iglesia Católica; preparando la celebración de la Eucaristía del domingo (¿Qué pide la Iglesia a Dios en la oración colecta? ¿De qué le vas a pedir perdón? ¿Por qué le vas a dar gracias? ¿Para quién le vas a pedir su ayuda? ¿Qué te dicen las lecturas?...); Y finalmente repitiendo pequeñas jaculatorias a lo largo del día: Oh Dios, Tú eres mi Dios, por tí madrugo; Señor, ven en mi auxilio; Padre, me pongo en tus manos; creo, Señor, pero aumenta mi fe; gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra...
La tercera, dedicar unos minutos al final de la jornada para descubrir qué te ha ofrecido Dios a lo largo del día; cómo ha salido a tu encuentro en las personas con las que has tratato; y cómo has tratado tú a las personas con las que te has cruzado o con las que has convivido
Por fin, seguir pidiendo con el salmista: "Tu rostro buscaré, Dios mío; no me escondas tu rostro", "Como busca la cierva corrientes de agua viva, así te busco yo, Dios mío"; "Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme...
La primera consiste en reflexionar, analizar tu vida y eliminar del corazón todo lo que puede ser un obstáculo a la presencia de Dios: ambiciones, envidias, orgullo, rencores, falta de sinceridad para con los demás y para contigo mismo, superficialidad... Por propia experiencia, sé que los resultados, más que una conquista humana, son un regalo de Dios. Algo así como el resplandor de su Presencia en tu alma. Pero es necesario que tú reconozcas tus pecados con humildad y que le pidas al Señor que limpie tu espiritu de todo mal y de toda actitud contraria al amor.
La segunda, intensificar tu deseo de hallar el rostro de Dios. Y como nos dice san Pablo que Cristo es el rostro de Dios vivo y la impronta de su ser, intensificarás tu deseo de ver el rostro de Dios, en la medida en que profundices en el conocimiento de Jesucristo: leyendo y meditando cada día el Evangelio; estudiando cuanto enseña sobre Él el Catecismo de la Iglesia Católica; preparando la celebración de la Eucaristía del domingo (¿Qué pide la Iglesia a Dios en la oración colecta? ¿De qué le vas a pedir perdón? ¿Por qué le vas a dar gracias? ¿Para quién le vas a pedir su ayuda? ¿Qué te dicen las lecturas?...); Y finalmente repitiendo pequeñas jaculatorias a lo largo del día: Oh Dios, Tú eres mi Dios, por tí madrugo; Señor, ven en mi auxilio; Padre, me pongo en tus manos; creo, Señor, pero aumenta mi fe; gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra...
La tercera, dedicar unos minutos al final de la jornada para descubrir qué te ha ofrecido Dios a lo largo del día; cómo ha salido a tu encuentro en las personas con las que has tratato; y cómo has tratado tú a las personas con las que te has cruzado o con las que has convivido
Por fin, seguir pidiendo con el salmista: "Tu rostro buscaré, Dios mío; no me escondas tu rostro", "Como busca la cierva corrientes de agua viva, así te busco yo, Dios mío"; "Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme...
lunes, 28 de noviembre de 2011
REAVIVAR LA ESPERANZA
El tiempo de Adviento nos invita a abrir nuestro corazón a Jesucristo, y las lecturas de la misa nos animan a centrar nuestra mirada en la venida del Señor. A lo largo de la primera semana, se fijan en la última venida de Jesucristo, cuando vendrá sobre las nubes del cielo al encuentro de la humanidad. A partir del día 17, nos invitan a meditar su primera venida, el nacimiento de Jesús en Belén. Y entre esta primera venida, que conmemoramos el día de Navidad, y la última, como Juez universal, al final de los tiempos, la Iglesia nos recuerda una tercera: la que acontece cada día en el corazón de los creyentes. Porque Jesucristo está viniendo diariamente en su Palabra, en la Eucaristía, sacramento del Perdón, en los diversos acontecimientos y, de manera especial, en cada hermano dolorido que nos encontramos por la vida.
Por eso, el Adviento es tiempo de esperanza. Pero un gran número de personas han cerrado su corazón a Dios y ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres. Dicen que venimos de la nada y que vamos camino de la nada, de la desaparición total. Otras viven en la superficie de las cosas y sólo espera placeres efímeros y metas perecederas. Por eso han convertido la Navidad en una especie de fiestas del invierno.
Por supuesto que me preocupa y me duele esta cultura cerrada a la esperanza y a un futuro digno de tal nombre. Pero también me preocupa el desaliento de numerosos cristianos, entre los que hay muchos sacerdotes, que se quejan de que la Iglesia se ha cerrado al mundo moderno, en el que sólo ve males y no ve signos de la presencia del Espíritu. Por se resigna con volver a las formas devocionales del pasado y a encerrarse en los templos. Aunque hablan de evangelización más o menos nueva, no tienen verdadera esperanza. Quizá porque sólo esperan que cambien los demás. Pero la esperanza es el don gratuito que Dios nos regala a cada uno cuando nos recuerda que estamos llamados a ser santos y que también hoy contamos con la fuerza del Espíritu Santo; cuando nos invita a reconocer nuestro pecado y a cambiar de vida; cuando nos anima a aportar nuestro grano de mostaza para que el mundo cambie... Porque las grandes transformaciones de la historia comienzan en el corazón del hombre. y ese hombre somos cada uno. Como nos dijo Juan Pablo II, tenemos que abrir de par en par el corazón a Jesucristo. ¿Que cómo se puede hacer? Ya hablaremos otro día.
Por eso, el Adviento es tiempo de esperanza. Pero un gran número de personas han cerrado su corazón a Dios y ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres. Dicen que venimos de la nada y que vamos camino de la nada, de la desaparición total. Otras viven en la superficie de las cosas y sólo espera placeres efímeros y metas perecederas. Por eso han convertido la Navidad en una especie de fiestas del invierno.
Por supuesto que me preocupa y me duele esta cultura cerrada a la esperanza y a un futuro digno de tal nombre. Pero también me preocupa el desaliento de numerosos cristianos, entre los que hay muchos sacerdotes, que se quejan de que la Iglesia se ha cerrado al mundo moderno, en el que sólo ve males y no ve signos de la presencia del Espíritu. Por se resigna con volver a las formas devocionales del pasado y a encerrarse en los templos. Aunque hablan de evangelización más o menos nueva, no tienen verdadera esperanza. Quizá porque sólo esperan que cambien los demás. Pero la esperanza es el don gratuito que Dios nos regala a cada uno cuando nos recuerda que estamos llamados a ser santos y que también hoy contamos con la fuerza del Espíritu Santo; cuando nos invita a reconocer nuestro pecado y a cambiar de vida; cuando nos anima a aportar nuestro grano de mostaza para que el mundo cambie... Porque las grandes transformaciones de la historia comienzan en el corazón del hombre. y ese hombre somos cada uno. Como nos dijo Juan Pablo II, tenemos que abrir de par en par el corazón a Jesucristo. ¿Que cómo se puede hacer? Ya hablaremos otro día.
jueves, 24 de noviembre de 2011
ANTE UNA NUEVA ETAPA
El viernes día 18 de noviembre me recibió el señor Obispo. Me había llamado el día anterior para comunicarme que cesaba como Delegado de Medios de Comunicación del Obispado. Es un relevo normal. En una de mis primeras entrevistas con él, cuando había tomado posesión del Obispado de Málaga, le manifesté mi deseo de seguir trabajando en esta diócesis y de seguir incardinado en la de Toledo, donde me ordené. Además, le dije que mi decisión de seguir trabajando aquí no implicaba condiciones, pues como Obispo de la diócesis a quien debo obediencia, podía disponer de los cargos que me había encomendado su predecesor: Profesor de Teología Fundamental en el Seminario Mayor y en el Instituto de Ciencias Religiosas, Párroco de Santa María Estrella de los Mares y Delegado de Medios de Comunicación del Obispado.
Ahora ha considerado que había llegado el momento de relevarme como Delegado de Medios. Al conocer la noticia, muchas personas me han preguntado cómo me encuentro. Y les aseguro que lleno de paz interior y abierto a iniciar nuevos proyectos para dar a conocer el Evangelio. En la Delegación de Medios de Comunicación he disfrutado mucho durante todos estos años, sostenido y ayudado por un equipo formidable de periodistas y de voluntarios. Juntos, como hermanos en la misma fe, iniciamos la publicación del semanario DIOCESIS; hemos abierto y mantenido varios programas de radio; iniciamos la página Web de la Diócesis en condiciones muy precarias, hasta que llegó ese gran profesional que es el informático del Obispado; hemos confeccionado y se sigue confeccionando la página religiosa de periódicos; participamos en la experiencia de Popular Televisión, hasta que nos la cerró la Junta de Andalucía y mandó a varios profesionales al paro; montamos la primera televión y la primera radio en internet, que están ahí y mejoran por días; hemos publicado libros... Han sido unos años apasionantes de creatividad y de trabajo para dar a conocer el Evangelio. La Conferencia Episcopal reconoció nuestra tarea con un premio Bravo; el periódico SUR, con un premio a la página Web; y nuestros amigos de radio Vaticana, con diversos encargos para sus emisiones y con su inestimable ayuda para las nuestras.
Por supuesto que hemos cometido errores y hemos podido hacer mejor muchas cosas, pero nos hemos ayudado a reconocerlos y a superarlos, siempre con una actitud de crítica positiva y con el eslogan de que la palabra imposible no existía en nuestro diccionario.
Como véis, son motivos suficientes para dar gracias a Dios por esta hermosa tarea. Y para darle gracias por la calidad humana, creyente y profesional de todas las personas con las que he tenido la fortuma de trabajar. Entre ellas, han constituido un formidable apoyo, desde el anonimato, las personas encargadas de empaquetar y de repartir la revista DIÓCESIS.
Y ahora, a comenzar nuevas aventuras: en la página Web de la parroquia, en el Blog, en un nuevo libro, éste sobre los frutos del Espíritu Santo, que tengo iniciado y en los periódicos que me abran sus puertas.
Pues como he escrito y he dicho muchas veces, desde que empecé a trabajar en radio Vaticana en el año 1965, en el reparto de tareas, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad: Hablar a Dios de los hombres y hablar a los hombres de Dios.
Ahora ha considerado que había llegado el momento de relevarme como Delegado de Medios. Al conocer la noticia, muchas personas me han preguntado cómo me encuentro. Y les aseguro que lleno de paz interior y abierto a iniciar nuevos proyectos para dar a conocer el Evangelio. En la Delegación de Medios de Comunicación he disfrutado mucho durante todos estos años, sostenido y ayudado por un equipo formidable de periodistas y de voluntarios. Juntos, como hermanos en la misma fe, iniciamos la publicación del semanario DIOCESIS; hemos abierto y mantenido varios programas de radio; iniciamos la página Web de la Diócesis en condiciones muy precarias, hasta que llegó ese gran profesional que es el informático del Obispado; hemos confeccionado y se sigue confeccionando la página religiosa de periódicos; participamos en la experiencia de Popular Televisión, hasta que nos la cerró la Junta de Andalucía y mandó a varios profesionales al paro; montamos la primera televión y la primera radio en internet, que están ahí y mejoran por días; hemos publicado libros... Han sido unos años apasionantes de creatividad y de trabajo para dar a conocer el Evangelio. La Conferencia Episcopal reconoció nuestra tarea con un premio Bravo; el periódico SUR, con un premio a la página Web; y nuestros amigos de radio Vaticana, con diversos encargos para sus emisiones y con su inestimable ayuda para las nuestras.
Por supuesto que hemos cometido errores y hemos podido hacer mejor muchas cosas, pero nos hemos ayudado a reconocerlos y a superarlos, siempre con una actitud de crítica positiva y con el eslogan de que la palabra imposible no existía en nuestro diccionario.
Como véis, son motivos suficientes para dar gracias a Dios por esta hermosa tarea. Y para darle gracias por la calidad humana, creyente y profesional de todas las personas con las que he tenido la fortuma de trabajar. Entre ellas, han constituido un formidable apoyo, desde el anonimato, las personas encargadas de empaquetar y de repartir la revista DIÓCESIS.
Y ahora, a comenzar nuevas aventuras: en la página Web de la parroquia, en el Blog, en un nuevo libro, éste sobre los frutos del Espíritu Santo, que tengo iniciado y en los periódicos que me abran sus puertas.
Pues como he escrito y he dicho muchas veces, desde que empecé a trabajar en radio Vaticana en el año 1965, en el reparto de tareas, me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad: Hablar a Dios de los hombres y hablar a los hombres de Dios.
jueves, 17 de noviembre de 2011
JESÚS DE NAZARET, EL HOMBRE QUE DIOS PENSÓ
Cuando se lee atentamente el Evangelio, apredemos quién es Dios y cómo es Dios, cómo ama a los hombres y cómo se preocupa de nosotros. Basta con observar a Jesucristo, porque Él es el rostro humano de Dios, la mejor imagen que Dios nos ha dado de sí mismo. Por eso dijo Él a los suyos que quien le ha visto a Él, ha visto al Padre.
Al mismo tiempo, Jesús de Nazaret es el hombre más logrado, "el hombre que Dios pensó" antes de la creación. Como ha dicho un teólogo de nuestros días, Jesús es alguien tan humano, que sólo puede ser divino. Y por eso dice el Vaticano II que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado", que es "el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina deformada desde el primer pecado".
Esto quiere decir también que, sin el Evangelio, no nos podemos desarrollar con la plenitud a la que Dios nos ha destinado. Sólo Jesucristo nos libera del egoísmo, de la envidia, de la vanidad y de todo lo que nos impide crecer; sólo Él nos libera y nos capacita para amar hasta entregar la vida por el otro si es preciso. Por eso, aunque el cristianismo no es sólo un homanismo, sin Cristo no hay posibilidad de llegar a ser verdaderamente humanos.
Al mismo tiempo, Jesús de Nazaret es el hombre más logrado, "el hombre que Dios pensó" antes de la creación. Como ha dicho un teólogo de nuestros días, Jesús es alguien tan humano, que sólo puede ser divino. Y por eso dice el Vaticano II que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado", que es "el hombre perfecto que restituyó a los hijos de Adán la semejanza divina deformada desde el primer pecado".
Esto quiere decir también que, sin el Evangelio, no nos podemos desarrollar con la plenitud a la que Dios nos ha destinado. Sólo Jesucristo nos libera del egoísmo, de la envidia, de la vanidad y de todo lo que nos impide crecer; sólo Él nos libera y nos capacita para amar hasta entregar la vida por el otro si es preciso. Por eso, aunque el cristianismo no es sólo un homanismo, sin Cristo no hay posibilidad de llegar a ser verdaderamente humanos.
domingo, 23 de octubre de 2011
ACRECIENTA NUESTRA FE, NUESTRA ESPERAANZA Y NUESTRA CARIDAD
En la oración colecta del domingo 23 de octubre, el treinta del tiempo ordinario, le hemos pedido a Dios Padre que acreciente nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor. Después de la misa, me decía una persona: yo se lo he pedido y se sigo pidiendo a Dios pero no veo los frutos.
Es verdad que la fe, la esperanza y la caridad son un don de Dios, un regalo gratuito. Pero tanto su ejercicio como su desarrollo dependen también de cada uno. Podemos decir que cada una de estas virtudes teologales es un proceso que se va desarrollando a lo largo de la vida del creyente.
Y no se desarrollan de una manera automática, sino que cuentan con la colaboración de cada uno de nosotros. Además, las tres están vinculadas entre sí, de forma que el crecimiento de cada una repercute positivamente sobre las otras dos. Pero, como he dicho antes, este desarrollo necesita la colaboración de la persona humana. De momento, me limito a señalar tres sugerencias que son imprescindibles para el mismo.
La primera es la práctica de la oración, porque la vida de fe es una vida de amistad y la amistad se alimenta del trato cálido con el otro. Y dentro de la oración, la forma superior de orar consiste en participar en la celebración de la Eucaristía, porque Jesucristo nos alimenta en con su Cuerpo y con su Palabra.
La segunda es el ejercicio. Igual que un deportista no es elegido para la selección si no entrena, la fe, el amor y la esperanza necesitan que cada día nos ejercitemos en obras de estas virtudes. No se trata de hacer nada extraordinadio, sino los pequeños gestos que nos permite la vida de cada día. Aprender a caminar en la presencia de Dios; tratar a cada persona que nos encontramos en discurrir diario como a un hijo de Dios; mirar más allá de la caducidad insignificante de las cosas, para vivir en un horizonte de esperanza.
Y la tercera sugerencia leer, reflexionar y estudiar. Entre otros documentos, tenemos a mano el Catecismo de la Iglesia Católica; el Youcat, que han manejado y manejan los jóvenes que han ido a la JMJ; y los documentos del Vaticano II. Están al alcance de unos conocimientos medios y nos pueden ayudar a profundizar en nuestra fe.
Es verdad que la fe, la esperanza y la caridad son un don de Dios, un regalo gratuito. Pero tanto su ejercicio como su desarrollo dependen también de cada uno. Podemos decir que cada una de estas virtudes teologales es un proceso que se va desarrollando a lo largo de la vida del creyente.
Y no se desarrollan de una manera automática, sino que cuentan con la colaboración de cada uno de nosotros. Además, las tres están vinculadas entre sí, de forma que el crecimiento de cada una repercute positivamente sobre las otras dos. Pero, como he dicho antes, este desarrollo necesita la colaboración de la persona humana. De momento, me limito a señalar tres sugerencias que son imprescindibles para el mismo.
La primera es la práctica de la oración, porque la vida de fe es una vida de amistad y la amistad se alimenta del trato cálido con el otro. Y dentro de la oración, la forma superior de orar consiste en participar en la celebración de la Eucaristía, porque Jesucristo nos alimenta en con su Cuerpo y con su Palabra.
La segunda es el ejercicio. Igual que un deportista no es elegido para la selección si no entrena, la fe, el amor y la esperanza necesitan que cada día nos ejercitemos en obras de estas virtudes. No se trata de hacer nada extraordinadio, sino los pequeños gestos que nos permite la vida de cada día. Aprender a caminar en la presencia de Dios; tratar a cada persona que nos encontramos en discurrir diario como a un hijo de Dios; mirar más allá de la caducidad insignificante de las cosas, para vivir en un horizonte de esperanza.
Y la tercera sugerencia leer, reflexionar y estudiar. Entre otros documentos, tenemos a mano el Catecismo de la Iglesia Católica; el Youcat, que han manejado y manejan los jóvenes que han ido a la JMJ; y los documentos del Vaticano II. Están al alcance de unos conocimientos medios y nos pueden ayudar a profundizar en nuestra fe.
miércoles, 12 de octubre de 2011
OTRA MANERA DE HACER EXAMEN DE CONCIENCIA
Jesús nos invita con frecuencia a mirar nuestro corazón y nuestras acciones a la luz de la Palabra, para que la Palabra nos nos juzgue, nos guíe y nos fortalezca. Pero a veces encuentro a personas que tienen una mala imagen de sí mismas y que se ven torturadas por un sentimiento enfermizo de culpabilidad. O que no han logrado una madurez que las ayude a vivir la fe como un encuentro alegre con Dios, que transforma nuestra vida, nos llena de paz y nos inunda de esperanza.
En estos casos, les recomiendo una práctica que me ha ayudado mucho en mi vida de fe: revisar, al final de cada día, todo lo que Dios les ha ido dando y cómo les ha salido al encuentro. Para darle gracias y para acostumbrarse a descubrir su llamada en medio de los acontecimientos de la vida diaria. Y para pedir perdón, si no han sabido responder con generosidad a lo que el Padre les pedía. Lo importante es que descubran la presencia de Dios en su vida, la cantidad de gracias que regala a los suyos diariamente y el amor tan entrañable con que cuida de nosotros
En estos casos, les recomiendo una práctica que me ha ayudado mucho en mi vida de fe: revisar, al final de cada día, todo lo que Dios les ha ido dando y cómo les ha salido al encuentro. Para darle gracias y para acostumbrarse a descubrir su llamada en medio de los acontecimientos de la vida diaria. Y para pedir perdón, si no han sabido responder con generosidad a lo que el Padre les pedía. Lo importante es que descubran la presencia de Dios en su vida, la cantidad de gracias que regala a los suyos diariamente y el amor tan entrañable con que cuida de nosotros
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