domingo, 1 de julio de 2012
JESUCRISTO ES EL DADOR DE LA VIDA BUENA
La vida es un regalo de Dios, y una vez que nos la da, la tenemos para siempre. Es verdad que tenemos que morir, pero "la vida no termina, se transforma". Mientras disfrutamos de ella en esta tierra, es un tiempo de siembre, de siega y de cosecha.
Por eso es importante desarrollar todas las posibilidades que Dios nos ha dado. O como dice una parábola, es necesario que pongamos en juego todos los talentos que hayamos recibido del Señor. Por supuesto que los valores biológicos tienen mucha importancia, y conviene que cuidemos la salud. Es el motivo de que periódicamente nos hagamos chequeos.
También es imprescindible desarrollar los valores intelectuales y éticos; esos que nos capacitan para desarrollar una vida digna de la persona humana. Para los valores intelectuales (de los que forman parte los que se llaman "manuales"), a lo largo de una etapa de la vida nos vemos sometidos a exámenes y pruebas que acreditan nuestra constancia en su cultivo, nuestro esfuerzo y desarrollo. Tales valores nos proporcionan un puesto dentro de la sociedad y habilidades para el trabajo. Y para los valores morales, es conveniente habituarse a realizar el examen de concienci.
Pero los valores que nos proporcionan mayor plenitud son los valores espirituales, esos que san Pablo denomina "frutos del Espíritu". Todos ellos son un regalo del Espíritu, pero Éste necesita la colaboración de cada uno. Y cuando se han desarrollado en el corazón de la persona, constituyen la verdadera calidad de vida, que se se identifica en cierto modo con lo que llamamos santidad. Al hablar de valores espirituales, me refiero a la bondad, la geberosidad, la grandeza de alma, la comprensión, la paz interior, la alegría, el amor y la fortaleza, entre otros. Podéis estar seguros de que constituyen la mejor calidad de vida. También cuando carecemos de los valores biológicos y convivimos con la enfermedad.
Por eso es importante desarrollar todas las posibilidades que Dios nos ha dado. O como dice una parábola, es necesario que pongamos en juego todos los talentos que hayamos recibido del Señor. Por supuesto que los valores biológicos tienen mucha importancia, y conviene que cuidemos la salud. Es el motivo de que periódicamente nos hagamos chequeos.
También es imprescindible desarrollar los valores intelectuales y éticos; esos que nos capacitan para desarrollar una vida digna de la persona humana. Para los valores intelectuales (de los que forman parte los que se llaman "manuales"), a lo largo de una etapa de la vida nos vemos sometidos a exámenes y pruebas que acreditan nuestra constancia en su cultivo, nuestro esfuerzo y desarrollo. Tales valores nos proporcionan un puesto dentro de la sociedad y habilidades para el trabajo. Y para los valores morales, es conveniente habituarse a realizar el examen de concienci.
Pero los valores que nos proporcionan mayor plenitud son los valores espirituales, esos que san Pablo denomina "frutos del Espíritu". Todos ellos son un regalo del Espíritu, pero Éste necesita la colaboración de cada uno. Y cuando se han desarrollado en el corazón de la persona, constituyen la verdadera calidad de vida, que se se identifica en cierto modo con lo que llamamos santidad. Al hablar de valores espirituales, me refiero a la bondad, la geberosidad, la grandeza de alma, la comprensión, la paz interior, la alegría, el amor y la fortaleza, entre otros. Podéis estar seguros de que constituyen la mejor calidad de vida. También cuando carecemos de los valores biológicos y convivimos con la enfermedad.
viernes, 22 de junio de 2012
OTRA FORMA DE VIVIR LAS VACACIONES
Desde hace varios años, no tengo la costumbre de alejarme de mi casa para conseguir el legítimo descanso. Me suelo quedar en la parroquia y seguir el ritmo habitual. Eso sí, dedicando más tiempo a la oración y a la escucha de la gente que necesite hablar.
A veces, hago alguna breve escapada para estar dos o tres días con la familia o para visitar algún amigo. O para compartirlos con amigos. También, para contemplar alguna exposición de arte que merezca la pena. Para mí, el descanso consiste en salir del ritmo habitual de mis actividades. Y aunque no soy muy aficionado, también me reservo algún día de playa.
Lo que más me relaja es caminar en silencio por el campo, leer algún libro novedoso, ver alguna película clásica o escribir sobre alguna cuestión de teología que me ha llamado la atención. Unas veces, para aclarar mis ideas y enriquecer los apuntes que utilizaré en las clases; y otras, para responder a encargos..
Este año, tengo en manos tres cuestiones. Dos de ellas, por encargo; y la tercera, como fruto de una inquietud que me viene preocupa y ocupa desde hace varios años. Por encargo, estoy desarrollando un temario sobre la fe, que se publicará en Septiembre, parauso de los equipos del Movimiento Familiar Cristiano. Surgió como fruto de una conferencia que di en Cádiz (Parroquia de San José), hace unos meses y pretende ser el itinerario de reflexión para que los miembros de este movimiento, al que pertenezco desde hace ya cuarenta y seis años, celebren el Año de la Fe, que comenzará en el mes de octubre. También por encargo, esta vez de PPC y en colaboración con la periodista Encarni Llamas y con el dibujante Fano, una vida de Jesús que saldría en Navidad.
Y por afición, una búsqueda de tipo existencial y base bíblica, de lo que podríamos llamar "la cosecha del Espíritu". Pero ésta, sin fecha fija. ¿Que por qué les cuento esto? Para que sepan disculparme cuando mis comentarios semanales en el blog se retrasen; y para animar a todos a profundizar en vuestra fe y a leer algún libro sobre el Espíritu Santo.
A veces, hago alguna breve escapada para estar dos o tres días con la familia o para visitar algún amigo. O para compartirlos con amigos. También, para contemplar alguna exposición de arte que merezca la pena. Para mí, el descanso consiste en salir del ritmo habitual de mis actividades. Y aunque no soy muy aficionado, también me reservo algún día de playa.
Lo que más me relaja es caminar en silencio por el campo, leer algún libro novedoso, ver alguna película clásica o escribir sobre alguna cuestión de teología que me ha llamado la atención. Unas veces, para aclarar mis ideas y enriquecer los apuntes que utilizaré en las clases; y otras, para responder a encargos..
Este año, tengo en manos tres cuestiones. Dos de ellas, por encargo; y la tercera, como fruto de una inquietud que me viene preocupa y ocupa desde hace varios años. Por encargo, estoy desarrollando un temario sobre la fe, que se publicará en Septiembre, parauso de los equipos del Movimiento Familiar Cristiano. Surgió como fruto de una conferencia que di en Cádiz (Parroquia de San José), hace unos meses y pretende ser el itinerario de reflexión para que los miembros de este movimiento, al que pertenezco desde hace ya cuarenta y seis años, celebren el Año de la Fe, que comenzará en el mes de octubre. También por encargo, esta vez de PPC y en colaboración con la periodista Encarni Llamas y con el dibujante Fano, una vida de Jesús que saldría en Navidad.
Y por afición, una búsqueda de tipo existencial y base bíblica, de lo que podríamos llamar "la cosecha del Espíritu". Pero ésta, sin fecha fija. ¿Que por qué les cuento esto? Para que sepan disculparme cuando mis comentarios semanales en el blog se retrasen; y para animar a todos a profundizar en vuestra fe y a leer algún libro sobre el Espíritu Santo.
viernes, 15 de junio de 2012
LA VERDAD OS HARÁ LIBRES
Hay muchas personas que se amargan la vida y sufren por lo que los demás dicen o peinsan de ellas. Se sienten humilladas y despreciadas por el juicio de los otros y llegan a perder la confianza en sí mismas; eso que los psicólogos denominan la autoestima.
También en este campo, la Verdad nos hace libres. Para un cristiano, la Verdad es Jesucristo, el amor que nos tiene y el camino que nos marca. Es natural y prudente que cuando dicen algo de nosotros, o nos echan algo en cara, hagamos examen de conciencia. Y si vemos que tienen razón, es Dios quien nos está invitando, a través de ese hermano y de sus palabras, a corregir nuestra conducta. Pero si, después de analizar a fondo nuestros hechos y actitudes, vemos que está equivocado, no hay motivos para preocuparse o sufrir.
Es inútil defenderse pues, como escribió Einstein, es mucho más difícil deshacer un prejuicio que de sintegrar el átono. Y tampoco considero que sea necesario, pues lo que me debe importar es la limpieza de mi corazón y lo que Dios piensa de mí. Porque Dios es la Verdad que me hace libre frente a los prejuicios del otro, frente a sus sospechas y a su juicio; libres de miedos, de rencores, de juicios de valor malévolos, de murmuraciones... Lo que me debe preocupar es lo que mi conciencia me dice y lo que Dios piensa de mí.
También en este campo, la Verdad nos hace libres. Para un cristiano, la Verdad es Jesucristo, el amor que nos tiene y el camino que nos marca. Es natural y prudente que cuando dicen algo de nosotros, o nos echan algo en cara, hagamos examen de conciencia. Y si vemos que tienen razón, es Dios quien nos está invitando, a través de ese hermano y de sus palabras, a corregir nuestra conducta. Pero si, después de analizar a fondo nuestros hechos y actitudes, vemos que está equivocado, no hay motivos para preocuparse o sufrir.
Es inútil defenderse pues, como escribió Einstein, es mucho más difícil deshacer un prejuicio que de sintegrar el átono. Y tampoco considero que sea necesario, pues lo que me debe importar es la limpieza de mi corazón y lo que Dios piensa de mí. Porque Dios es la Verdad que me hace libre frente a los prejuicios del otro, frente a sus sospechas y a su juicio; libres de miedos, de rencores, de juicios de valor malévolos, de murmuraciones... Lo que me debe preocupar es lo que mi conciencia me dice y lo que Dios piensa de mí.
lunes, 11 de junio de 2012
DIA DELA CARIDAD
La fiesta del Cuerpo y de la Sangre del Señor es el día de la caridad por antonomasia. Lo que celebramos es el amor que Dios nos tiene, y que se ha traducido en la entrega de su Hijo Jesucristo. Y es conveniente que nuestra caridad hacia todos los hermanos no nos lleve a olvidar que el amor a los demás no es algo que se pueda mandar, sino que brota de saborear el amor que Dios nos tiene; de nuestro encuentro con Dios, que es Amor. Pues corremos el riesgo de que, zarandeados por la situación de crisis y de pobreza en la que se debaten millones de hermanos, olvidemos que esta fiesta nos invita a centrar nuestra mirada en el amor que Dios nos tiene. Como ha escrito Benedicti XVI, "en la liturgia de la Iglesia, en su oración, en la comunidad viva de los creyentes, experimentamos el amor de Dios, percibimos su presencia y, de este modo, aprendemos también a reconocerla en nuestra vida cotidiana. Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos responder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que podamos suscitar en nosotros mismos".
Que nadie se inquiete por el hecho de que insista en esta primacía del amor que Dios nos tiene, que es la fuente inagotable de amor a los hermanos. En la medida en que nos adentremos en el amor de Dios, nuestro corazón se convierte en un manantial constante y luminoso de amor fraterno. Pero si nos olvidamos del amor de Dios, nuestro amor a los demás se puede convertir en un simple dar cosas, y llevarnos a un servicio sin hondura y sin amor. En su primera carta a los cristianos de Corinto, san Pablo advertía a los hermanos de aquel tiempo que, si les faltaba el amor, aunque se sacrificaran por los demás y les dieran sus bienes, no estaban en el camino diseñado por Jesús. "Los santos (...) han adquirido su capacidad de amar al prójimo, de manera siempre renovada, gracias al encuentro con el Señor eucarístico, y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás". Que no en vano nos dijo Jesús, despues de darnos su Cuerpo y su sangre, "haced esto en conmemoración mía". O lo que es igual, que el amor que nos tiene y que le ha llevado a dar su vida por nosotros, se tiene que traducir en que gastemos nuestra vida por los demás. En especial, por los pisoteados de la tierra y por los que no son amables.
Que nadie se inquiete por el hecho de que insista en esta primacía del amor que Dios nos tiene, que es la fuente inagotable de amor a los hermanos. En la medida en que nos adentremos en el amor de Dios, nuestro corazón se convierte en un manantial constante y luminoso de amor fraterno. Pero si nos olvidamos del amor de Dios, nuestro amor a los demás se puede convertir en un simple dar cosas, y llevarnos a un servicio sin hondura y sin amor. En su primera carta a los cristianos de Corinto, san Pablo advertía a los hermanos de aquel tiempo que, si les faltaba el amor, aunque se sacrificaran por los demás y les dieran sus bienes, no estaban en el camino diseñado por Jesús. "Los santos (...) han adquirido su capacidad de amar al prójimo, de manera siempre renovada, gracias al encuentro con el Señor eucarístico, y, viceversa, este encuentro ha adquirido realismo y profundidad precisamente en su servicio a los demás". Que no en vano nos dijo Jesús, despues de darnos su Cuerpo y su sangre, "haced esto en conmemoración mía". O lo que es igual, que el amor que nos tiene y que le ha llevado a dar su vida por nosotros, se tiene que traducir en que gastemos nuestra vida por los demás. En especial, por los pisoteados de la tierra y por los que no son amables.
jueves, 31 de mayo de 2012
FORTALECER LA FE DE LOS CRISTIANOS
Los repetidos ataques a la Iglesia católica han contribuido a un conocimiento más profundo de la misma y a fortalecer la fe de los cristianos. Llama la atención que, a la hora de criticarla, tengan que acudir las más de las veces a hechos de un pasado remoto. Un pasado real y muy doloroso (las cruzadas, la inquisición, la condena de Galileo...), aunque frecuentemente presentado de manera sesgada y escasamente objetiva. La actual polémica sobre si la Iglesia debe pagar el IBI ha servido de ocasión para que muchos conozcan la ingente labor que ésta desarrolla en favor de los más pobres. Una labor que no realizan los que la critican y exigen que pague unos impuestos que no pagan otras religiones, ni otras instituciones que trabajan sin ánimo de lucro ni los que la acusan de gozar de unos privilegios que no son ciertos. Me refiero, claro está, a los partidos políticos, a los sindicatos y a numerosos periodistas.
Por otra parte, este continuo hostigamiento ha impulsado a numerosos cristianos a esforzarse por conocer la fe con más hondura, a practicarla con la cabeza muy alta y a sentirse agradecidos por el don de la fe que recibieron un día con el bautismo. Esta actitud de tomarse la vida de fe con toda seriedad, se debe apoyar en tres pilares básicos.
El primero, la fidelidad a la misa del domingo. Es ahí donde descubrimos y disfrutamos la misericordia y la bondad de Dios, nuestro querido Padre, manifestada en la vida y las palabras de Jesucristo, y fortalecida con la presencia activa del Espíritu Santo.. Al renovar, en la celebración de la Eucaristía, la muerte y la resurrección de Jesucristo, nos abrimos al amor de Dios al hombres, y nos adentramos más en el misterio insondable de su amor. De hecho, cuando se deja de acudir a misa, se termina por alejarse de Dios, de la vida cristiana y de la fraternidad con los miembros de la comunidad.
El segundo, ejercitarnos en el amor a Dios y a toda persona humana. Especialmente, a los más necesitados. Un amor afectivo y efectivo. Es el camino que nos lleva cada día a conocer más Dios y a descubrir lo mejor que hay en nosotros, esos talentos que tenemos enterrados y olvidados. En la presente situación española de grave emergencia, ese amor se traduce en compartir nuestros bienes. Pero sin olvidar nunca que, como decían los antiguos catecismos, las obras de misericordia son catorce. Catorce actitudes que nos acercan al hermano en sus diversas situaciones. A veces, denunciando el mal que hace y recordándole que Dios existe, que nos ama y nos espera con los brazos abiertos. Junto a la falta de trabajo y de medios materiales en la que se ven hundidas numerosas familias, tenemos que recordar siempre el aborto, la mayor aberración del hombre actual; y la soledad de los ancianos.
Y el tercer pilar, el anuncio del Evangelio, a tiempo y a destiempo. Pero conscientes de que dicho anuncio sólo tiene fuerza cuando nace de una fe viviva con alegría y gratitud. De una fe que no es ciega ni contraria al uso de la razón ni al desarrollo de los saberes, porque el mismo Dios que nos ha dado la fe que nos salva, nos creó inteligentes y nos encomendó el cuidado de este mundo.
Por otra parte, este continuo hostigamiento ha impulsado a numerosos cristianos a esforzarse por conocer la fe con más hondura, a practicarla con la cabeza muy alta y a sentirse agradecidos por el don de la fe que recibieron un día con el bautismo. Esta actitud de tomarse la vida de fe con toda seriedad, se debe apoyar en tres pilares básicos.
El primero, la fidelidad a la misa del domingo. Es ahí donde descubrimos y disfrutamos la misericordia y la bondad de Dios, nuestro querido Padre, manifestada en la vida y las palabras de Jesucristo, y fortalecida con la presencia activa del Espíritu Santo.. Al renovar, en la celebración de la Eucaristía, la muerte y la resurrección de Jesucristo, nos abrimos al amor de Dios al hombres, y nos adentramos más en el misterio insondable de su amor. De hecho, cuando se deja de acudir a misa, se termina por alejarse de Dios, de la vida cristiana y de la fraternidad con los miembros de la comunidad.
El segundo, ejercitarnos en el amor a Dios y a toda persona humana. Especialmente, a los más necesitados. Un amor afectivo y efectivo. Es el camino que nos lleva cada día a conocer más Dios y a descubrir lo mejor que hay en nosotros, esos talentos que tenemos enterrados y olvidados. En la presente situación española de grave emergencia, ese amor se traduce en compartir nuestros bienes. Pero sin olvidar nunca que, como decían los antiguos catecismos, las obras de misericordia son catorce. Catorce actitudes que nos acercan al hermano en sus diversas situaciones. A veces, denunciando el mal que hace y recordándole que Dios existe, que nos ama y nos espera con los brazos abiertos. Junto a la falta de trabajo y de medios materiales en la que se ven hundidas numerosas familias, tenemos que recordar siempre el aborto, la mayor aberración del hombre actual; y la soledad de los ancianos.
Y el tercer pilar, el anuncio del Evangelio, a tiempo y a destiempo. Pero conscientes de que dicho anuncio sólo tiene fuerza cuando nace de una fe viviva con alegría y gratitud. De una fe que no es ciega ni contraria al uso de la razón ni al desarrollo de los saberes, porque el mismo Dios que nos ha dado la fe que nos salva, nos creó inteligentes y nos encomendó el cuidado de este mundo.
jueves, 24 de mayo de 2012
VEN, ESPÍRITU DIVINO
Para un seguidor de Jesucristo, Pentecostés no es sólo la celebración ritual de la primera venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Es también un tiempo de gracia, una nueva oportunidad de abrirse a la luz, a la misericordia y a la bondad de Dios, que se sigue derramando sobre el corazón de los creyentes. Por la fe, sabemos que el Espíritu Santo habita en la comunidad cristiana y en el corazón de los creyentes, y que nos enriquece con sus dones y sus frutos. Pero la celebración de Pentecostés tiene un significado especial, como oferta generosa y renovada del amor de Dios a sus hijos.
Con palabras de Sa Cirilo de Jerusalén, cuando el creyente profundiza en el deseo de Dios y le pide el fuego de su Espíritu, Éste "llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia... Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector, pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma". La paz interior, la alegría, la amabilidad, la fortaleza y la grandeza de alma que experimentamos en este encuentro con Dios son signos muy elocuentes de que Él ha llegado a lo más profundo de nuestro ser.
Esta nueva intensidad de su presencia no se agota en el ensimismamiento de quien vive encerrado en sí mismo, sino que se traduce en una actitud nueva ante el mundo y ante los demás. Es Él, el Espíritu, quien nos llena del fuego de Dios y de sus palabras de vida frente a la injusticia, a los atropellos de los débililes por parte de los fuertes y a todo sufrimiento humano. Porque renueva nuestra fe, para que miremos con los ojos de Dios cuanto sucede en el mundo; renueva nuestro amor, para que corramos en ayuda del hermano herido y abandonado; y fortalece nuestra esperanza, para que, conscientes de que el pecado y el mal ya han sido vendidos por la cruz de Jesucristo, sigamos apostando y trabajando por el hombre.
Con palabras de Sa Cirilo de Jerusalén, cuando el creyente profundiza en el deseo de Dios y le pide el fuego de su Espíritu, Éste "llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia... Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico protector, pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma". La paz interior, la alegría, la amabilidad, la fortaleza y la grandeza de alma que experimentamos en este encuentro con Dios son signos muy elocuentes de que Él ha llegado a lo más profundo de nuestro ser.
Esta nueva intensidad de su presencia no se agota en el ensimismamiento de quien vive encerrado en sí mismo, sino que se traduce en una actitud nueva ante el mundo y ante los demás. Es Él, el Espíritu, quien nos llena del fuego de Dios y de sus palabras de vida frente a la injusticia, a los atropellos de los débililes por parte de los fuertes y a todo sufrimiento humano. Porque renueva nuestra fe, para que miremos con los ojos de Dios cuanto sucede en el mundo; renueva nuestro amor, para que corramos en ayuda del hermano herido y abandonado; y fortalece nuestra esperanza, para que, conscientes de que el pecado y el mal ya han sido vendidos por la cruz de Jesucristo, sigamos apostando y trabajando por el hombre.
viernes, 18 de mayo de 2012
LA ASCENSIÓN, UNA INVITACIÓN APREMIANTE A LEVANTAR NUESTRA MIRADA A DIOS
El libro de Los Hechos de los Apóstoles narra el acontecimiento de la Ascensión del Señor con un lenguaje sencillo, acomodado a la mentalidad de su tiempo. Dice que Jesús comenzó a elevarse al cielo, y que los disdípulos se quedaron sobrecogidos mirándolo, hasta que una nube lo ocultó a su mirada. Con el cielo y la nube, símbolos de la divinidad, nos quiere indicar que Jesús sigue vivo "en el ámbito de Dios". Y como Dios, está presente también entre nosotros, en lo más profundo de cada uno. O lo que es igual, no es que se haya marchado más lejos, sino que se ha adentrado más en el corazón de los creyentes.
De ahí que la fiesta de la Ascensión sea un motivo más para fortalecer nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Sabemos que el Resucitado está presente en la comunidad reunida, en el corazón de cada uno de los creyentes y en nuestra celebraciónes. Es Él quien nos habla en la Liturgia de la Palabra, quien nos alimenta en la Eucaristía, quien nos perdona los pecados en el sacramento del perdón y quien acompaña a las personas casadas en la apasionante aventura de su matrimonio. ¡Siempre, claro está, en comunión con el Padre y con la acción vivificadora del Espíritu!
Por ello, la Ascensión no es una especie de despedida del Señor Resucitado, para que volvamos a la vida de cada día hasta que nos llegue la muerte. Es una invitación apremiante a "ascender" en la existencia que nos ha tocado a cada uno. Es decir, a levantar la mirada hacia Dios y vislumbrar, con "los ojos de la fe", su presencia amiga en nuestras alegrías y en nuestros dolores; en nuestros fracasos y en en nuestros éxitos. A "transcendernos" y superarnos en el amor concreto y operativo a los demás. A levantarnos, soltando laste para adentrarnos, con la fe y con el deseo, en el ámbito de Dios. A despojarnos de orgullo, ambiciones y todo sentimiento negativo que nos esclaviza y nos tortura. Con otras palabras, es una invitación a poner en juego lo mejor de nosotros mismos, los talentos que tenemos enterrados. Y la manera de lograrlo consiste en acoger al Espíritu y dejar que nos transforme, para que podamos decir con san Pablo: Vivo yo, pero no soy yo; es Jesucristo quien vive en mi.
De ahí que la fiesta de la Ascensión sea un motivo más para fortalecer nuestra fe, nuestro amor y nuestra esperanza. Sabemos que el Resucitado está presente en la comunidad reunida, en el corazón de cada uno de los creyentes y en nuestra celebraciónes. Es Él quien nos habla en la Liturgia de la Palabra, quien nos alimenta en la Eucaristía, quien nos perdona los pecados en el sacramento del perdón y quien acompaña a las personas casadas en la apasionante aventura de su matrimonio. ¡Siempre, claro está, en comunión con el Padre y con la acción vivificadora del Espíritu!
Por ello, la Ascensión no es una especie de despedida del Señor Resucitado, para que volvamos a la vida de cada día hasta que nos llegue la muerte. Es una invitación apremiante a "ascender" en la existencia que nos ha tocado a cada uno. Es decir, a levantar la mirada hacia Dios y vislumbrar, con "los ojos de la fe", su presencia amiga en nuestras alegrías y en nuestros dolores; en nuestros fracasos y en en nuestros éxitos. A "transcendernos" y superarnos en el amor concreto y operativo a los demás. A levantarnos, soltando laste para adentrarnos, con la fe y con el deseo, en el ámbito de Dios. A despojarnos de orgullo, ambiciones y todo sentimiento negativo que nos esclaviza y nos tortura. Con otras palabras, es una invitación a poner en juego lo mejor de nosotros mismos, los talentos que tenemos enterrados. Y la manera de lograrlo consiste en acoger al Espíritu y dejar que nos transforme, para que podamos decir con san Pablo: Vivo yo, pero no soy yo; es Jesucristo quien vive en mi.
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