lunes, 26 de noviembre de 2012
LA INFANCIA DE JESÚS DE NAZARET
No sé si de forma intencionada, o por desconocimiento del tema tratado, son numerosos los periodistas y articulistas que han desviado la atención de sus oyentes, televidentes y lectores, como si Benedicto XVI hubiera realizado un "recorte" en el portal de Belén, eliminando a la mula y al buey. Pero el tema que trata el autor no es la representación del nacimiento de Jesús, sino la verdad histórica de Jesús de Nazaret, de la anunciación del ángel, de su nacimiento en Belén y de la adoración de los pastores y de los magos.
Lo que el Papa ha querido ofrecer, con argumentos al alcance del cristiano medio, es que Jesús de Nazaret fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, que nació en Belén de santa María Virgen, entre los pobres de la tierra, y que los primeros en conocer y aceptar la venida del Hijo de Dios fueron los pastores (los pbres y marginados) y los magos (personas sabias, creyentes y de buena voluntad, que no pertenecían al pueblo judío).
Estos acontecimientos son reales, no fábulas para niños, y en ellos se cumplen las promesas de los antiguos profetas, que cobran todo su sentido a la luz del nacimiento de Jesús, de su vida, de sus signos, de sus palabras, de su muerte y de su resurrección gloriosa. A quienes decían que los relatos de la infancia de Jesús que nos ofrecen san Mateo y san Lucas eran mitos inventados por ellos, Benedicto XVI les dice que son acontecimientos reales, porque el Hijo unigénito de Dios ha entrado en nuestra historia y se ha hecho uno de nosotros, para hacernos a todos hijos de Dios.
Hoy, en un clima de escepticismo y desesperanza: en medio de esta cultura, que reduce al hombre a una especie de suspiro entre dos nadas, el Papa quiere ayudarnos a descubrir que tenemos razones serias para creer que Dios sí existe, que nos ha creado, que nos ama y que, en la persona de su Hijo eterno, se ha hecho hombre para hacernos partícipes de su vida divina, de su presente eterno y de un futuro sin fin en su seno de Padre. Lo otro, lo de la mula y el buey, son hojarasca que nada tiene que ver con el fondo de la fe.
Lo que el Papa ha querido ofrecer, con argumentos al alcance del cristiano medio, es que Jesús de Nazaret fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, que nació en Belén de santa María Virgen, entre los pobres de la tierra, y que los primeros en conocer y aceptar la venida del Hijo de Dios fueron los pastores (los pbres y marginados) y los magos (personas sabias, creyentes y de buena voluntad, que no pertenecían al pueblo judío).
Estos acontecimientos son reales, no fábulas para niños, y en ellos se cumplen las promesas de los antiguos profetas, que cobran todo su sentido a la luz del nacimiento de Jesús, de su vida, de sus signos, de sus palabras, de su muerte y de su resurrección gloriosa. A quienes decían que los relatos de la infancia de Jesús que nos ofrecen san Mateo y san Lucas eran mitos inventados por ellos, Benedicto XVI les dice que son acontecimientos reales, porque el Hijo unigénito de Dios ha entrado en nuestra historia y se ha hecho uno de nosotros, para hacernos a todos hijos de Dios.
Hoy, en un clima de escepticismo y desesperanza: en medio de esta cultura, que reduce al hombre a una especie de suspiro entre dos nadas, el Papa quiere ayudarnos a descubrir que tenemos razones serias para creer que Dios sí existe, que nos ha creado, que nos ama y que, en la persona de su Hijo eterno, se ha hecho hombre para hacernos partícipes de su vida divina, de su presente eterno y de un futuro sin fin en su seno de Padre. Lo otro, lo de la mula y el buey, son hojarasca que nada tiene que ver con el fondo de la fe.
jueves, 15 de noviembre de 2012
CARITAS ES LA IGLESIA CATÓLICA
Cuando se habla de Cáritas, se suele afirmar que es una ONG. Esto es verdad, pero no toda la verdad. Y de ahí pueden surgir luego malentendidos. Igual que si hablo de una parroquia, puedo decir con razón que es una institución ciudadana, capaz de adquirir y de enagenar bienes. Pero es mucho más que eso.
Por regla general, cuando la prensa habla de Cáritas se suele referir a los representantes de la misma, que han sido nombrados por el párroco, por el Obispo de la Diócesis o por la Conferencia Episcopal. Ellos son los que dan la cara cuando acude una persona a pedir ayuda o a entregarla. Pero detrás de ellos, hay una parroquia viva, si se trata de una Cáritas parroquial; o una Diócesis, si se trata de la Cáritas diocesana; o la Conferencia Episcopal, cuando se trata de Cáritas española.
Aunque haya un grupo concreto de personas encargadas de gestionar y de distribuir entre los necesitados lo que se recolecta, Cáritas somos todos los católicos, porque es la expresión del amor fraterno que nos debe distinguir. Todos, al menos los que celebramos regularmente la misa del domingo, aportamos a Cáritas, con nuestros donativos finalizados o a través de las colectas especiales que se hacen.
Toda comunidad cristiana tiene por misión celebrar la Liturgia, anunciar el Evangelio y practicar el amor fratreno. Estas tres dimensiones son como las tres patas de un trípode, que no se puede sostener si falta una de ellas. Por eso, cuando se afirma que más del sesenta por ciento del presupuesto de Cáritas procede de las personas particulares, se está diciendo que prodece de la Iglesia. Es verdad que se puede dar el caso de que una persona no creyente o que no frecuenta el templo aporte también algún dinero cuando se realiza una canpaña de Cáritas, pero eso es la excepción.
Concluyendo: se puede afirmar correctamente que Cáritas es una ONG, pero no se debe olvidar nunca que Cáritas somos todos los católicos, porque es el organismo mediante el cual compartimos nuestros bienes y nuestro amor con los que no tienen, sean católicos, o creyentes de otra religión, o agnósticos, o ateos.
Por regla general, cuando la prensa habla de Cáritas se suele referir a los representantes de la misma, que han sido nombrados por el párroco, por el Obispo de la Diócesis o por la Conferencia Episcopal. Ellos son los que dan la cara cuando acude una persona a pedir ayuda o a entregarla. Pero detrás de ellos, hay una parroquia viva, si se trata de una Cáritas parroquial; o una Diócesis, si se trata de la Cáritas diocesana; o la Conferencia Episcopal, cuando se trata de Cáritas española.
Aunque haya un grupo concreto de personas encargadas de gestionar y de distribuir entre los necesitados lo que se recolecta, Cáritas somos todos los católicos, porque es la expresión del amor fraterno que nos debe distinguir. Todos, al menos los que celebramos regularmente la misa del domingo, aportamos a Cáritas, con nuestros donativos finalizados o a través de las colectas especiales que se hacen.
Toda comunidad cristiana tiene por misión celebrar la Liturgia, anunciar el Evangelio y practicar el amor fratreno. Estas tres dimensiones son como las tres patas de un trípode, que no se puede sostener si falta una de ellas. Por eso, cuando se afirma que más del sesenta por ciento del presupuesto de Cáritas procede de las personas particulares, se está diciendo que prodece de la Iglesia. Es verdad que se puede dar el caso de que una persona no creyente o que no frecuenta el templo aporte también algún dinero cuando se realiza una canpaña de Cáritas, pero eso es la excepción.
Concluyendo: se puede afirmar correctamente que Cáritas es una ONG, pero no se debe olvidar nunca que Cáritas somos todos los católicos, porque es el organismo mediante el cual compartimos nuestros bienes y nuestro amor con los que no tienen, sean católicos, o creyentes de otra religión, o agnósticos, o ateos.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
ENCONTRAR A DIOS EN LA VIDA DE CADA DÍA
Cuando yo era niño, me encantaba el "Tebeo". Ya sabéis, una revista de historietas, que contenía también acertijos y otros oasatiempos. En realidad, me sigue gustando, aunque ya no encuentro el "Tebeo" de mi infancia, que tuvo su punto álgido en la década de los cincuenta, cuando yo era niño. A partir de los años serenta, se hizo más sofisticado, y hasta un poco pedante, y empezó a denominarse con el horrible nombre anglosajón de "comic".
Entre los pasatiempos favoritos, había uno que venía a decir lo siguiente: Trata de descubrir a la ardilla que se ha ocultado entre los árboles. La ardilla u otro animal cualquiera. Cuando por fin la descubrías, te dabas cuenta de que estaba dibujada con toda nitidez, aunque te costara hallarla. Años después, cuando estudié los rudimentos de la psicología, me presentaban otros dibujos y me preguntaban qué veía: según el punto de vista en el que te situaras, podías descubrir dos vasos o dos personas que se estaban dando un beso. Las dos posibilidades estaban nítidamente en el dibujo y eran claras.
Algo similar nos sucede con la fe. Según sea mi mirada, puedo descubrir a Dios en medio de la vida diaria o quedarme en una visión plana y utilitarista. Cuando me he acostumbrado a mirar a las personas, a las cosas y a los acontecimiento con "los ojos de la fe", descubro qure Dios me sale al encuentro de muchas maneras. Como sucedía en los dibujos del "tebeo" o en los que me mostraba mi profesor de psicología, la realidad estaba ahí, aunque yo no hubiera conseguido descubrirla al echar una mirada rápida o interesada. Porque Dios está presente en las personas, en las cosas y en los acontecimientos. En la mirada viva de un niño y en los ojos apagados y melnacólicos de un anciano; en el color tan llamativo de las flores y en la sinfonía de colores del otoño; en una persona que te sonríe por la calle y en la que está pidiendo limosna sentada en la acera, al margen de la vida; en el que te ofrece ayuda y en el que te la pide. La cuestión consiste en que tu hayas desarrollado una mirada capaz adentrarse en la profundidad de las personas, de los acontecimientos y de las cosas; en que hayas iniciado tu jornada con una plegaria de acción de gracias y con el deseo de ver a Dios en tu camino; en que no te encierres en tí (en tus auriculares, tu móvil, tus intereses y asuntos) y abras la inteligencia y el corazón a Dios y a las sorpresas.
Cuando te has habituado a mirar con los ojos de la fe, la vida de cada día es diferente y profunda, si bien parece la misma, porque a la vuelta de cada esquina y en medio de cada acontecimiento, Dios se te hace presente para tenderte la mano, para ofrecerte su ayuda, para preguntarte algo, para provocarte, para que descubras que Él camina siempre a tu lado. ¡Para amarte y darte la posibilidad de amar.
Entre los pasatiempos favoritos, había uno que venía a decir lo siguiente: Trata de descubrir a la ardilla que se ha ocultado entre los árboles. La ardilla u otro animal cualquiera. Cuando por fin la descubrías, te dabas cuenta de que estaba dibujada con toda nitidez, aunque te costara hallarla. Años después, cuando estudié los rudimentos de la psicología, me presentaban otros dibujos y me preguntaban qué veía: según el punto de vista en el que te situaras, podías descubrir dos vasos o dos personas que se estaban dando un beso. Las dos posibilidades estaban nítidamente en el dibujo y eran claras.
Algo similar nos sucede con la fe. Según sea mi mirada, puedo descubrir a Dios en medio de la vida diaria o quedarme en una visión plana y utilitarista. Cuando me he acostumbrado a mirar a las personas, a las cosas y a los acontecimiento con "los ojos de la fe", descubro qure Dios me sale al encuentro de muchas maneras. Como sucedía en los dibujos del "tebeo" o en los que me mostraba mi profesor de psicología, la realidad estaba ahí, aunque yo no hubiera conseguido descubrirla al echar una mirada rápida o interesada. Porque Dios está presente en las personas, en las cosas y en los acontecimientos. En la mirada viva de un niño y en los ojos apagados y melnacólicos de un anciano; en el color tan llamativo de las flores y en la sinfonía de colores del otoño; en una persona que te sonríe por la calle y en la que está pidiendo limosna sentada en la acera, al margen de la vida; en el que te ofrece ayuda y en el que te la pide. La cuestión consiste en que tu hayas desarrollado una mirada capaz adentrarse en la profundidad de las personas, de los acontecimientos y de las cosas; en que hayas iniciado tu jornada con una plegaria de acción de gracias y con el deseo de ver a Dios en tu camino; en que no te encierres en tí (en tus auriculares, tu móvil, tus intereses y asuntos) y abras la inteligencia y el corazón a Dios y a las sorpresas.
Cuando te has habituado a mirar con los ojos de la fe, la vida de cada día es diferente y profunda, si bien parece la misma, porque a la vuelta de cada esquina y en medio de cada acontecimiento, Dios se te hace presente para tenderte la mano, para ofrecerte su ayuda, para preguntarte algo, para provocarte, para que descubras que Él camina siempre a tu lado. ¡Para amarte y darte la posibilidad de amar.
lunes, 22 de octubre de 2012
EL SÍNODO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Se está celebrando, en Roma, el Sínodo de Obispos, que trata básicamente de la nueva evangelización. Para entendernos, pretende hallar caminos para evangelizar a los bautizados que no viven su fe dentro de la Iglesia, aunque digan, en un porcentaje apreciable, que se consideran cristianos, aunque no practiquen.
Al buscar la senda para llegar a estos hermanos, el Onispo auxiliar de Valparaíso (Chile), monseñor Santiago Jaime Silva Retamales, que es secretario general de la Conferencia Episcopal Latiino Americana (Celam), ha dicho: "Sin una eclesiología, es decir, sin un modo de autocomprensión y de ser y de estar en el mundo contemporáneo, que profundice en la enseñanza del concilio Vaticano II, la Iglesia no podrá empeñarse en una Nueva Evangelización. Es fundamental definir la relación 'Iglesia-mundo actual'. De no hacerlo, seguiríamos dando la impresión de 'Institución', y no de asamblea reunida en torno a Jesucristo, donde todo lo humano tiene cabida (...) Es hora de preguntarnos: ¿que pecados tiene la Iglesia, que nos han llevado a una Nueva Evangelización?"
Además de invitarnos a utilizar un lenguaje que que sea comprensible e interpelante para el hombre de hoy, y de adoptar el estilo de un testiomonio alegre, atrayente y audáz de la fe, el Obispo dice que "sin la función evangelizadora de los fieles laicos en su ámbito propio, que es la gestión de la vida familiar, social, política, económica y cultural, no habrá Nueva Evangelización. (...) Al respecto, hay que revisar qué servicios eclesiales habría que confiar a los laicos, teniendo en cuenta la Nueva Evangelización y los nuevos escenarios". Es necesaria "la renovación de la Iglesia particular y, en ella, la renovación de la parroquia, para replantearla como casa y escuela de comunión, lugar eclesial de espiritualidad, y donde se aprende la comunión y la corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, cuando se diluye la persona y aparece como el individuo o la masa".
Desde el ámbito en el que me muevo, la parroquia, pienso que las aportaciones que nos ha proporcionado este Obispo son muy densas, pero se pueden presentar también como la necesidad de una parroquia nueva y renovada. Esto exige, entre otras cosas, lo siguiente: menos centralismo y más corresponsabilidad de los seglares; anteponer la comunión entre hermanos al autoritarismo de los que representan a la Institución; desarrollar los ministerios laicales y reconocer la autonomía (siempre en comunión, naturalmente) de los seglares en su campo; respetar el camino que cada comunidad haya venido haciendo, y que un eventual cambio de párroco no se traduzca en eliminar el trabajo anterior, aunque siempre habrá que corregir y que mejorar algunos aspectos; cultivar más la espiritualidad de los responsables de los diferentes ministerios y alentar el aprendizaje de la vida de oración.
Al buscar la senda para llegar a estos hermanos, el Onispo auxiliar de Valparaíso (Chile), monseñor Santiago Jaime Silva Retamales, que es secretario general de la Conferencia Episcopal Latiino Americana (Celam), ha dicho: "Sin una eclesiología, es decir, sin un modo de autocomprensión y de ser y de estar en el mundo contemporáneo, que profundice en la enseñanza del concilio Vaticano II, la Iglesia no podrá empeñarse en una Nueva Evangelización. Es fundamental definir la relación 'Iglesia-mundo actual'. De no hacerlo, seguiríamos dando la impresión de 'Institución', y no de asamblea reunida en torno a Jesucristo, donde todo lo humano tiene cabida (...) Es hora de preguntarnos: ¿que pecados tiene la Iglesia, que nos han llevado a una Nueva Evangelización?"
Además de invitarnos a utilizar un lenguaje que que sea comprensible e interpelante para el hombre de hoy, y de adoptar el estilo de un testiomonio alegre, atrayente y audáz de la fe, el Obispo dice que "sin la función evangelizadora de los fieles laicos en su ámbito propio, que es la gestión de la vida familiar, social, política, económica y cultural, no habrá Nueva Evangelización. (...) Al respecto, hay que revisar qué servicios eclesiales habría que confiar a los laicos, teniendo en cuenta la Nueva Evangelización y los nuevos escenarios". Es necesaria "la renovación de la Iglesia particular y, en ella, la renovación de la parroquia, para replantearla como casa y escuela de comunión, lugar eclesial de espiritualidad, y donde se aprende la comunión y la corresponsabilidad en la misión de la Iglesia, cuando se diluye la persona y aparece como el individuo o la masa".
Desde el ámbito en el que me muevo, la parroquia, pienso que las aportaciones que nos ha proporcionado este Obispo son muy densas, pero se pueden presentar también como la necesidad de una parroquia nueva y renovada. Esto exige, entre otras cosas, lo siguiente: menos centralismo y más corresponsabilidad de los seglares; anteponer la comunión entre hermanos al autoritarismo de los que representan a la Institución; desarrollar los ministerios laicales y reconocer la autonomía (siempre en comunión, naturalmente) de los seglares en su campo; respetar el camino que cada comunidad haya venido haciendo, y que un eventual cambio de párroco no se traduzca en eliminar el trabajo anterior, aunque siempre habrá que corregir y que mejorar algunos aspectos; cultivar más la espiritualidad de los responsables de los diferentes ministerios y alentar el aprendizaje de la vida de oración.
sábado, 13 de octubre de 2012
LA REBELIÓN DE LOS CIUDADANOS
Los comentaristas se preguntan por qué las encuestas de opinión sitúam a los políticos entre los problemas más importantes que tenemos los españoles. Por supuesto que hay políticos trabajadores y honrados, y que toda generalización es engañosa. Pero el mal ejemplo que dan muchos de nuestros gobernantes termina por desmoralizar a los ciudadanos.
Por poner sólo algunos ejemplos de máxima actualidad: que el día 12 de octubre varios presidentes de las autonomías no acudieran a representar a sus gobernados en la fiesta de todos los españoles, presidida por las máximas autoridades del Estado; que los gobiernos autonómicos y numerosos ayuntamientos no paguen, en plazos razonables, las deudas contraídas, y sean la causa de la quiebra de numerosas empresas; que nos mientan sobre la deuda real que tienen; que de los depósitos de la policía hayan desaparecido muchos kilos de drogas incautadas, que, se supone, estaban bien custodiadas; que haya desaparecido de la audiencia nacional el disco duro que contiene las grabaciones del caso Faisán, relacionado con ETA; que haya gobiernos autonómicos que no respetan la Constitución en materia de lenguas, y que el gobierno central no haga nada por impedirlo...
Si nuestras autoridades, los llamados "padres de la patria", son tan pródigos en dar malos ejemplos, no es extraño que se acreciemte la crisis de valores en todas las capas sociales. A quien me diga que también los sacerdotes y la Iglesia tenemos por qué callar, le reconozco que tiene razón. La Iglesia lo ha reconocido y ha pedido perdón. Y yo mismo decía, en uno de mis escritos recientes, que la nueva evangelización tiene que comenzar por una profunda conversión y reforma de los sacerdotes. Y hoy añado, y de la Iglesia en general.
Por poner sólo algunos ejemplos de máxima actualidad: que el día 12 de octubre varios presidentes de las autonomías no acudieran a representar a sus gobernados en la fiesta de todos los españoles, presidida por las máximas autoridades del Estado; que los gobiernos autonómicos y numerosos ayuntamientos no paguen, en plazos razonables, las deudas contraídas, y sean la causa de la quiebra de numerosas empresas; que nos mientan sobre la deuda real que tienen; que de los depósitos de la policía hayan desaparecido muchos kilos de drogas incautadas, que, se supone, estaban bien custodiadas; que haya desaparecido de la audiencia nacional el disco duro que contiene las grabaciones del caso Faisán, relacionado con ETA; que haya gobiernos autonómicos que no respetan la Constitución en materia de lenguas, y que el gobierno central no haga nada por impedirlo...
Si nuestras autoridades, los llamados "padres de la patria", son tan pródigos en dar malos ejemplos, no es extraño que se acreciemte la crisis de valores en todas las capas sociales. A quien me diga que también los sacerdotes y la Iglesia tenemos por qué callar, le reconozco que tiene razón. La Iglesia lo ha reconocido y ha pedido perdón. Y yo mismo decía, en uno de mis escritos recientes, que la nueva evangelización tiene que comenzar por una profunda conversión y reforma de los sacerdotes. Y hoy añado, y de la Iglesia en general.
domingo, 7 de octubre de 2012
DOCTORES TIENE LA IGLESIA
El pueblo llano viene utilizando la expresión "doctores tiene la Iglesia" desde hace siglos, cuando los grandes profesores de Salamanca eran considerados como la máxima autoridad a la hora de hablar de Dios y de las cuestiones doctrinales. Por mi parte, voy a emplear esta expresión para hablar de san Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen, declarados Doctores de la Iglesia por el papa Benedicto XVI. Y lo ha hecho de una manera muy elocuente en la misa de apertura del Sínodo de Obispos, que va a reflexionar sobre la nueva evangelización.
Ambos son dos figuras fascinantes de la Iglesia y de la historia humana sin más. También los dos conocieron la persecución por parte de las autoridades eclesiásticas de su tiempo: San Juan de Ávila pasó dos años en una cárcel de la inquisición, bajo sospecha de ser hereje; y santa Hildegarda tuvo bajo entredicho eclesial el monasterio en el que era Abadesa. También ambos, separados por cuatro siglos, impulsaron una reforma a fondo en la Iglesia. Y comparten la opinión de que, para llegar a esa reforma deseada, hay que comenzar por el clero: por los sacerdotes y religiosos.
Dándome por directamente aludido, en mi condición de sacerdote, me pregunto qué nos pide el Espíritu a los curas de hoy. Y está muy claro que lo primero que nos pide es que seamos santos, pues como ha dicho el Papa en la homilía de la misa de apertura del Sínodo, "los Santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones".
En segundo lugar, nos está pidiendo que centremos más nuestra oración, nuestra vida y nuestra predicación en Jesucristo, pues como también ha dicho el Papa en la misma homilía, "la evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios". Pero únicamente se puede hablar de Jesucristo con autoridad moral cuando se habla mucho con Jesucristo ante el sagrario, a la luz de la Palabra de Dios.
Dicho esto, se me ocurren algunas cosas aparentemente secundarias, pero muy convenientes. La primera, dedicar más tiempo al estudio y a preparar la homilía. La segunda, ser conscientes de que sólo vamos a estar algunos años en el ministerio que se nos asigna, y que no es justo que impongamos al Pueblo de Dios al que servimos, los gustos o preferencias personales, deshaciendo los caminos que habían hecho (Quizá no nos damos cuenta de que pronto será otro el que desmantele nuestras humildes aportaciones). La tercera, que dediquemos más tiempo a escuchar, tanto en el confesionario como en el despacho; y por fin, que nos alejemos de quienes difundenden dichos y comentarios sobre los demás.
Ambos son dos figuras fascinantes de la Iglesia y de la historia humana sin más. También los dos conocieron la persecución por parte de las autoridades eclesiásticas de su tiempo: San Juan de Ávila pasó dos años en una cárcel de la inquisición, bajo sospecha de ser hereje; y santa Hildegarda tuvo bajo entredicho eclesial el monasterio en el que era Abadesa. También ambos, separados por cuatro siglos, impulsaron una reforma a fondo en la Iglesia. Y comparten la opinión de que, para llegar a esa reforma deseada, hay que comenzar por el clero: por los sacerdotes y religiosos.
Dándome por directamente aludido, en mi condición de sacerdote, me pregunto qué nos pide el Espíritu a los curas de hoy. Y está muy claro que lo primero que nos pide es que seamos santos, pues como ha dicho el Papa en la homilía de la misa de apertura del Sínodo, "los Santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones".
En segundo lugar, nos está pidiendo que centremos más nuestra oración, nuestra vida y nuestra predicación en Jesucristo, pues como también ha dicho el Papa en la misma homilía, "la evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios". Pero únicamente se puede hablar de Jesucristo con autoridad moral cuando se habla mucho con Jesucristo ante el sagrario, a la luz de la Palabra de Dios.
Dicho esto, se me ocurren algunas cosas aparentemente secundarias, pero muy convenientes. La primera, dedicar más tiempo al estudio y a preparar la homilía. La segunda, ser conscientes de que sólo vamos a estar algunos años en el ministerio que se nos asigna, y que no es justo que impongamos al Pueblo de Dios al que servimos, los gustos o preferencias personales, deshaciendo los caminos que habían hecho (Quizá no nos damos cuenta de que pronto será otro el que desmantele nuestras humildes aportaciones). La tercera, que dediquemos más tiempo a escuchar, tanto en el confesionario como en el despacho; y por fin, que nos alejemos de quienes difundenden dichos y comentarios sobre los demás.
lunes, 1 de octubre de 2012
EVANGELIZAR AL HOMBRE DE HOY
Dentro de pocos días comenzará un nuevo Sínodo de Obispos, que va a tratar sobre la evangelización. El Papa aprovechará este encuentro para proclamar "El año de la fe", que tiene como objetivo reavivar y fortalecer la fe de los cristianos. Como miembro del Pueblo de Dios, me corresponde mantenerme a la escucha, dispuesto a acoger con gratitud lo que el Espíritu Santo nos diga a todos los cristianos, a través de los padres sinodales y de la voz autorizada del Papa Benedicto XVI.
Como párroco al que se le ha encomendado servir a sus hermanos, me he preguntado muchas veces y me sigo preguntando cómo hay que proclamar el Evangelio al hombre de hoy. De momento, tengo muy claros estos aspectos. El primero, que el evangelizador debe partir de una experiencia honda de fe, para contar a los demás lo que le ha sucedido a partir del momento en el que se encontró con Jesucristo. Sólo quien ha visto y oído puede hablar con la autoridad del testigo. De ahí que una exigencia básica para proclamar el Evangelio sea mantenerse en estado de conversión permanente. O lo que es lo mismo, mantenerse siempre a la escucha de la Palabra con un corazón abierto a lo que Dios nos diga. Pues para hablar de Dios de una manera significativa, hay que hablar mucho con Dios.
El segundo, utilizar un lenguaje que provoque e interpele al oyente. No basta con que la palabra sea precisa y correcta, sino que tiene que dar la impresión, a quien la escucha, de que nos están hablando de algo que es importante para nuestra vida de cada día, de algo que nos afecta en lo más hondo de nuestro ser.
El tercero es que hay que hablar más de Dios y, quizá, un poco menos de moral. En lugar de decir al oyente lo que debe hacer o no hacer, anunciarle lo que Dios ha hecho por Él y quién es ese Dios. La esencia del Evangelio no es "amar a Dios y al hombre" con toda el alma. Esos son los dos primeros mandamiento, pero el Evangelio no es un mandamiento, sino una buena noticia: que Dios sí existe, que nos ama y nos espera con los brazos abiertos.
Y el cuarto, dirigirse a la persona concreta. Como se dice vulgarmente, emplear el boca a boca. Y tan malo es el silencio sobre Dios como aburrir al otro repitiéndole sin cesar fórmulas estereotipadas. Eso sí, para que el otro nos escuche, debe sentirse escuchado y acogido previamente. Pues sólo cuando le acogemos y le escuchamos sin prisas, abandona sus mecanismos defensivos y abre su corazón a la Palabra de Dios que le anunciamos.
Como párroco al que se le ha encomendado servir a sus hermanos, me he preguntado muchas veces y me sigo preguntando cómo hay que proclamar el Evangelio al hombre de hoy. De momento, tengo muy claros estos aspectos. El primero, que el evangelizador debe partir de una experiencia honda de fe, para contar a los demás lo que le ha sucedido a partir del momento en el que se encontró con Jesucristo. Sólo quien ha visto y oído puede hablar con la autoridad del testigo. De ahí que una exigencia básica para proclamar el Evangelio sea mantenerse en estado de conversión permanente. O lo que es lo mismo, mantenerse siempre a la escucha de la Palabra con un corazón abierto a lo que Dios nos diga. Pues para hablar de Dios de una manera significativa, hay que hablar mucho con Dios.
El segundo, utilizar un lenguaje que provoque e interpele al oyente. No basta con que la palabra sea precisa y correcta, sino que tiene que dar la impresión, a quien la escucha, de que nos están hablando de algo que es importante para nuestra vida de cada día, de algo que nos afecta en lo más hondo de nuestro ser.
El tercero es que hay que hablar más de Dios y, quizá, un poco menos de moral. En lugar de decir al oyente lo que debe hacer o no hacer, anunciarle lo que Dios ha hecho por Él y quién es ese Dios. La esencia del Evangelio no es "amar a Dios y al hombre" con toda el alma. Esos son los dos primeros mandamiento, pero el Evangelio no es un mandamiento, sino una buena noticia: que Dios sí existe, que nos ama y nos espera con los brazos abiertos.
Y el cuarto, dirigirse a la persona concreta. Como se dice vulgarmente, emplear el boca a boca. Y tan malo es el silencio sobre Dios como aburrir al otro repitiéndole sin cesar fórmulas estereotipadas. Eso sí, para que el otro nos escuche, debe sentirse escuchado y acogido previamente. Pues sólo cuando le acogemos y le escuchamos sin prisas, abandona sus mecanismos defensivos y abre su corazón a la Palabra de Dios que le anunciamos.
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