martes, 26 de marzo de 2013
LA PASIÓN DE JESUCRISTO Y LA PASIÓN DEL HOMBRE
El domingo se proclamó la pasión y muerte de Jesús en la eucaristía. Esa proclamación, para la comunidad reunida, tiene una fuerza transformadora cuasi sacramenral, pero necesita tiempo y sosiego, necesita reposo para calar en el corazón de cada uno. Por eso es conveniente volver sobre el relato de la pasión que ofrece san Lucas y releerlo despacio. Para captar su sentido profundo, hay que preguntarse quién es la víctima, por qué es torturada y muere, y quiénes son -mejor, quiénes somos- los verdugos. Pues más allá de la superficie de los acontecimientos, se juega la suerte del mundo, en un encuentro dramático entre el amor de Dios y la libertad del hombre. Jesús llevó el amor hasta sus últimas consecuencias y se dejó mattar para liberarnos del pecado y de la muerte. Él ha resucitado y ahora camina a nuestro lado.
Y fue el mismo Jesús quien nos dijo que donde sufre una persona, Él sigue sufriendo. Su pasión se prolonga en el dolor de las mujeres maltratadas; en la desesperanza de los parados; en la angustia de los ancianos y de los enfermos crónicos, que se sienten desvalidos y solos; en la tragedia de los padres que no saben cómo ayudar a sus hijos hundidos en la droga; en los niños de las parejas separadas que cada fin de semana tienen que coger su maleta y marchar a casa del padre o de los abuelos y ya no saben cuál es su hogar; en todos los maltratados por la vida. Es la pasión de Jesucristo, que se prolonga en la pasión del hombre.
Y tenemos que preguntarnos qué papel jugamos cada uno en ese drama. Porque podemos estar en el papel de las víctimas, pero también en el papel de los verdugos y de los que acrecientan el sufrimiento de los otros con su indiferencia y con sus burlas, o quizá en el de los que tratan de aliviar el sufrmiento de sus hermanos, como Simón de Cirene, como las mujeres que protestan ante la injusticia que se está cometiendo con Jesús, como su madre que sigue sus pasos hasta llegar al Calvario, como María Magdalena, que no se separa del Maestro hasta que lo ve espirar... Porque ante la pasión del hombre, que es parte de la pasión de Cristo, nadie puede permanecer neutral.
Y fue el mismo Jesús quien nos dijo que donde sufre una persona, Él sigue sufriendo. Su pasión se prolonga en el dolor de las mujeres maltratadas; en la desesperanza de los parados; en la angustia de los ancianos y de los enfermos crónicos, que se sienten desvalidos y solos; en la tragedia de los padres que no saben cómo ayudar a sus hijos hundidos en la droga; en los niños de las parejas separadas que cada fin de semana tienen que coger su maleta y marchar a casa del padre o de los abuelos y ya no saben cuál es su hogar; en todos los maltratados por la vida. Es la pasión de Jesucristo, que se prolonga en la pasión del hombre.
Y tenemos que preguntarnos qué papel jugamos cada uno en ese drama. Porque podemos estar en el papel de las víctimas, pero también en el papel de los verdugos y de los que acrecientan el sufrimiento de los otros con su indiferencia y con sus burlas, o quizá en el de los que tratan de aliviar el sufrmiento de sus hermanos, como Simón de Cirene, como las mujeres que protestan ante la injusticia que se está cometiendo con Jesús, como su madre que sigue sus pasos hasta llegar al Calvario, como María Magdalena, que no se separa del Maestro hasta que lo ve espirar... Porque ante la pasión del hombre, que es parte de la pasión de Cristo, nadie puede permanecer neutral.
miércoles, 20 de marzo de 2013
UN HOMBRE DE DIOS, PERO SÓLO UN HOMBRE
En sólo una semana, el Papa Francisco se ha ganado el afecto y el favor de muchas personas, creyentes y no creyentes, católicas y no católicas. A mi juicio, eso es un síntoma de que carecemos de figuras capaces de despertar esperanza y devolvernos la confianza en el ser humano. En medio de este erial, del que había casi desaparecido Benedicto XVI tras su renuncia y zambullida en la vida oculta del silencio y la oración, ha aparecido de manera inesperada la figura cercana, auténtica, espontánea y evangélica del Papa Francisco; de ese siervo de Dios tan lleno de humanidad. Y es que el Evangelio, cuando lo vivimos a fondo, nos hace profundamente humanos. A pesar de que hay también muchos católicos que no se alegran de su llegada a la silla de Pedro, aunque aceptan en silencio los designios misteriosos de Dios, quiero pensar que la mayoría vemos en él un hombre providencial, pero no podemos olvidar que es solo un hombre. No hay que esperar milagros.
Por supuesto, todos los católicos deseamos la renovación de la Iglesia y que la nueva evangelización deje de ser un anhelo y se convierta en una realidad. Pero esa renovación y esa capacidad evangelizadora no son sólo tarea del Papa Francisco, sino de todo el Pueblo de Dios. Y debe comenzar en nuestras parroquias, en la base misma de la Iglesia. Seguramente sea necesaria, como afirman numerosos periodistas y articulistas, la renovación de la Curia. ¡De la Curia Vaticana y de todas las curias de la tierra! Pero la Iglesia cambiará en profundidad cuando cambiemos tú y yo. Sin esa conversión personal , no habrá verdadera renovación.
Es lo que les digo a los compañeros de mi arciprestazgo, a los sacerdotes con los que me reúno, reflexiono y oro buscando los caminos de Dios: hemos avanzado en nuestro conocimiento de la Palabra de Dios y del Vaticano II, pero lo que nos tenemos que preguntar es cómo y cuando lo vamos a llevar a la práctica en las parroquias a las que servimos. Porque si olvidamos esto tan elemental, toda la esperanza acumulada con la llegada del nuevo Papa podría convertirse en una amarga decepción. Y como es seguro que contamos con la gracia de Dios, el comienzo de esa transformación tan deseada está en manos de la libertad personal de cada uno de nosotros. ¡Porque Dios sí que puede hacer milagros, respetando siempre la liberdad de cada uno!
Por supuesto, todos los católicos deseamos la renovación de la Iglesia y que la nueva evangelización deje de ser un anhelo y se convierta en una realidad. Pero esa renovación y esa capacidad evangelizadora no son sólo tarea del Papa Francisco, sino de todo el Pueblo de Dios. Y debe comenzar en nuestras parroquias, en la base misma de la Iglesia. Seguramente sea necesaria, como afirman numerosos periodistas y articulistas, la renovación de la Curia. ¡De la Curia Vaticana y de todas las curias de la tierra! Pero la Iglesia cambiará en profundidad cuando cambiemos tú y yo. Sin esa conversión personal , no habrá verdadera renovación.
Es lo que les digo a los compañeros de mi arciprestazgo, a los sacerdotes con los que me reúno, reflexiono y oro buscando los caminos de Dios: hemos avanzado en nuestro conocimiento de la Palabra de Dios y del Vaticano II, pero lo que nos tenemos que preguntar es cómo y cuando lo vamos a llevar a la práctica en las parroquias a las que servimos. Porque si olvidamos esto tan elemental, toda la esperanza acumulada con la llegada del nuevo Papa podría convertirse en una amarga decepción. Y como es seguro que contamos con la gracia de Dios, el comienzo de esa transformación tan deseada está en manos de la libertad personal de cada uno de nosotros. ¡Porque Dios sí que puede hacer milagros, respetando siempre la liberdad de cada uno!
jueves, 14 de marzo de 2013
MIS CAMINOS NO SON VUESTROS CAMINOS, DICE EL SEÑOR
Ha llegado a la silla de Pedro un hombre a quien nadie esperaba. Nadie más que Dios. Y por supuesto, yo tampoco. Los que mejor le conocen, nos han dicho que huele a cocina barata de un pequeño apartamento, a autobús, a enfermos que están solos, a pueblo... Cuando le vi asomado al balcón de san Pedro tuve una sensación de profundo descocierto: Estaba allí, sólo, sin hacer ningín gesto, sin pronunciar una palabra, con su sotana blanca y su cruz pobre sobre el pecho. Estaba a cuerpo limpio, a merced de Dios y en presencia de todos los que habíamos acudido material o virtualmente a la cita. Intuí en su figura la fe honda y la serena grandeza de quien se sabe en las manos de Dios, para servir a los hombres. Una fe honda, provocadora y, a la vez, sobria. Toda una lección de fortaleza interior, de limpieza de corazón y de disponibilidad de quien se sabe totalmente en las manos de Dios, sin otros recursos que el Espíritu Santo.
Es otro Papa y otro estilo, siempre desde las mismas raíces evangélicas. Y tengo la profunda intuión, o quizá el deseo, de que vamos a contemplar dimensiones sorprendentes e inéditas de la fe. Pues la catolicidad de la Iglesia no se limita a hacer presente el Evangelio en todo el mundo, sino también en todos los tiempos y en todos los entresijos de la historia. La manera de hacerlo es vivir el Evangelio con autenticidad, porque la gente no rechaza al Evangelio, sino a esas tradiciones humanas que, como los fariseos del tiempo de Jesús, nosotros hemos antepuesto al Evangelio.
Con su formación jesuítica, el primer Papa jesuita, es un hombre de frontera, que seguramente arriesgará por abrir caminos nuevos; pero con su formación jesuítica, será también un hombre libre, que confíará siempre en la fuerza transformadora del Evangelio. Al menos, esa es la sensación que yo tuve cuando le vi sereno y aparentemente desvalido en el balcón de san Pedro. ¡Más que desvalido, a merced de Dios, y pidiendo a todos ayuda para desempeñar este ministerio que le han encomendado!
Es otro Papa y otro estilo, siempre desde las mismas raíces evangélicas. Y tengo la profunda intuión, o quizá el deseo, de que vamos a contemplar dimensiones sorprendentes e inéditas de la fe. Pues la catolicidad de la Iglesia no se limita a hacer presente el Evangelio en todo el mundo, sino también en todos los tiempos y en todos los entresijos de la historia. La manera de hacerlo es vivir el Evangelio con autenticidad, porque la gente no rechaza al Evangelio, sino a esas tradiciones humanas que, como los fariseos del tiempo de Jesús, nosotros hemos antepuesto al Evangelio.
Con su formación jesuítica, el primer Papa jesuita, es un hombre de frontera, que seguramente arriesgará por abrir caminos nuevos; pero con su formación jesuítica, será también un hombre libre, que confíará siempre en la fuerza transformadora del Evangelio. Al menos, esa es la sensación que yo tuve cuando le vi sereno y aparentemente desvalido en el balcón de san Pedro. ¡Más que desvalido, a merced de Dios, y pidiendo a todos ayuda para desempeñar este ministerio que le han encomendado!
viernes, 1 de marzo de 2013
LA ÚLTIMA CATEQUESIS DE BENEDICTO XVI
El Vaticano II nos recueda que Dios nos habla con obras y con palabras. Y eso que decimos de Dios, lo podemos afirmar también de cada persona. Al hablar de la "última catequesis de Benedicto XVI", no me refiero a la que impartió el miércoles día 27 de febrero, sino al gesto mismo de despojarse de toda misión y encomienda, para marchar por la senda del silencio. Lo normal es que siga orando, pensando, investigando y seguramente escribiendo, en la soledad llena de Dios a la que se ha retirado. Pero es previsible que ya no escriba nada relacionado con el día a día de la Iglesia y que no publique nada ni imparta ninguna catequesis en el tiempo de vida que Dios le conceda. Sólo cuando le llame a su presencia eterna podremos conocer los escritos que redacte en este tiempo de silencio. Seguramente sobre espiritualidad y sobre teología. Escritos que no llevarán el sello del Magisterio, sino sólo el apoyo de las razones que nos ofrezca.
De momento, yo me quedo con la última catequesis que nos ha dado en el hecho de renunciar a seguir con la misión del papado. Lo primero que percibo en su gesto es su confianza en Dios, que es quien sostiene y guía a la Iglesia. Los hombres, también los Papas, pasan y son sustituidos por otros. Durante un tiempo más o menos largo, desempeñan la misión encomendada y luego desaparecen. Unas veces, porque ya Dios los llama a su seno. Y otras, como en el caso de Benedicto XVI, porque consideran que deben despojarse de todo, para prepararse a mejor vivir los días que le queden y para bien morir cuando le llegue su hora.
Junto a este gesto de fe y de confianza en Dios, he vislumbrado una proclamación de esperanza: le he visto sereno, humano, lleno de paz y de alegría, como quien sabe que va a la casa del Señor, consciente de que la vida del hombre no termina, sino que se transforma y se encamina hasta los brazos del Padre. Tan sólo una persona de esperanza como él disfruta despojándose de todo, para llegar a Dios sin otro título que el de un hijo que ha buscado siempre el rostro de Dios vivo.
Y finalmente, un espléndido testimonio de que cuanto ha dicho sobre la oración se lo creía y ahora lo quiere llevar a la práctica. En el otoño de la vida se descibre que no vale de nada agarrarse al poder, a los elogios, a los títulos, al dinero o al propio "ego". Sólo cuenta eso que dijo san Juan de la Cruz: "Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior y estarse amando al Amado". Es algo que aprendí hace muchos años, cuando mi profesora de alemán me dijo que el filósofo Peter Wust, al despedirse de sus alumnos en la última clase que impartió, les dijo: Ahora, la síntesis de cuanto os he querido enseñar siempre, reflexionad y rezad.
De momento, yo me quedo con la última catequesis que nos ha dado en el hecho de renunciar a seguir con la misión del papado. Lo primero que percibo en su gesto es su confianza en Dios, que es quien sostiene y guía a la Iglesia. Los hombres, también los Papas, pasan y son sustituidos por otros. Durante un tiempo más o menos largo, desempeñan la misión encomendada y luego desaparecen. Unas veces, porque ya Dios los llama a su seno. Y otras, como en el caso de Benedicto XVI, porque consideran que deben despojarse de todo, para prepararse a mejor vivir los días que le queden y para bien morir cuando le llegue su hora.
Junto a este gesto de fe y de confianza en Dios, he vislumbrado una proclamación de esperanza: le he visto sereno, humano, lleno de paz y de alegría, como quien sabe que va a la casa del Señor, consciente de que la vida del hombre no termina, sino que se transforma y se encamina hasta los brazos del Padre. Tan sólo una persona de esperanza como él disfruta despojándose de todo, para llegar a Dios sin otro título que el de un hijo que ha buscado siempre el rostro de Dios vivo.
Y finalmente, un espléndido testimonio de que cuanto ha dicho sobre la oración se lo creía y ahora lo quiere llevar a la práctica. En el otoño de la vida se descibre que no vale de nada agarrarse al poder, a los elogios, a los títulos, al dinero o al propio "ego". Sólo cuenta eso que dijo san Juan de la Cruz: "Olvido de lo creado, memoria del Creador, atención a lo interior y estarse amando al Amado". Es algo que aprendí hace muchos años, cuando mi profesora de alemán me dijo que el filósofo Peter Wust, al despedirse de sus alumnos en la última clase que impartió, les dijo: Ahora, la síntesis de cuanto os he querido enseñar siempre, reflexionad y rezad.
miércoles, 20 de febrero de 2013
LA CUARESMA, TIEMPO DE ORACIÓN
Toda persona que trate de vivir la fe con hondura y seriedad sabe que la oración es el núcleo más profundo de la fe en Dios, el sumo bien del hombre. Dice san Juan Crisóstomo, en su homilía 6 sobre la oración, que ésta es "luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos (...) La oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza los afectos". Y añade el santo: "Me estoy refieriendo a la oración de verdad, no a las simples palabras. La oración que es un deseo de Dios".
Aunque todo tiempo y lugar son propicios para orar y para buscar apasionadamente el rostro de Dios, más allá de la rutina, la Cuaresma nos ofrece una oportunidad especial. A través de la liturgia de los domingos, nos pone en contacto con los grandes misterios de la fe y nos lleva a tomar conciencia de nuestra cindición de bautizados y a adentrarnos en el contenido y en el sentido existencial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo.
A las personas menos duchas en la práctica de la oración, os sugiero un método sencillo y muy jugoso: La lectura y meditación del Evangelio de cada día. Se busca un lugar tranquilo, se reza lentamente el "Padre nuestro", repitiendo esta oración vada vez más lentamente. Mientras, se hace un acto de fe en la presencia de Dios y se le ofrecen todas las inquitudes, alegrías y preocupaciones que nos afectan y distraen, Después, tras actualizar el deseo de Dios, se lee con sosiego el evangelio del día. Conviene leerlo dos o tres veces seguidas. Finalmente se abandona uno en manos del Espíritu Santo y se deja a Dios que actúe. Más que sacar un propósito, lo que importa es sentir y saborear la presencia de Dios y su paso por nuestra vida. Al final, os sugiero darle gracias a Dios por su amor y su presencia salvadora, hasta que el espíritu se os llene de alegría y de paz. Sólo entonces podréis afrontar vuestras preocupaciones, proyrctos y problemas a la luz de Dios.
Si os reserváis cada día unos veinte minutos para esta práctica, en actitud de recogimiento interior, pronto vais a ver cómo empieza a cambiar vuestra vida para bien.
Aunque todo tiempo y lugar son propicios para orar y para buscar apasionadamente el rostro de Dios, más allá de la rutina, la Cuaresma nos ofrece una oportunidad especial. A través de la liturgia de los domingos, nos pone en contacto con los grandes misterios de la fe y nos lleva a tomar conciencia de nuestra cindición de bautizados y a adentrarnos en el contenido y en el sentido existencial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo.
A las personas menos duchas en la práctica de la oración, os sugiero un método sencillo y muy jugoso: La lectura y meditación del Evangelio de cada día. Se busca un lugar tranquilo, se reza lentamente el "Padre nuestro", repitiendo esta oración vada vez más lentamente. Mientras, se hace un acto de fe en la presencia de Dios y se le ofrecen todas las inquitudes, alegrías y preocupaciones que nos afectan y distraen, Después, tras actualizar el deseo de Dios, se lee con sosiego el evangelio del día. Conviene leerlo dos o tres veces seguidas. Finalmente se abandona uno en manos del Espíritu Santo y se deja a Dios que actúe. Más que sacar un propósito, lo que importa es sentir y saborear la presencia de Dios y su paso por nuestra vida. Al final, os sugiero darle gracias a Dios por su amor y su presencia salvadora, hasta que el espíritu se os llene de alegría y de paz. Sólo entonces podréis afrontar vuestras preocupaciones, proyrctos y problemas a la luz de Dios.
Si os reserváis cada día unos veinte minutos para esta práctica, en actitud de recogimiento interior, pronto vais a ver cómo empieza a cambiar vuestra vida para bien.
miércoles, 13 de febrero de 2013
EL CAMINO HACIA LA PASCUA, DE LA MANO DE BENEDICTO XVI
Escuché la notia de la renuncia de Benedicto XVI a los pocos minutos de que él mismo la hubiera dado, al oír el informativo de las doce de una cadena de radio. Sentí una profunda sacudida interior, pero en lugar de dedicarme a escuchar comentarios, cogí el santo rosario y salí a rezarlo bajo el sol radiante de un día que no parecía de invierno. Mientras meditaba los misterios gozosos, iba analizando también nis sentimientos, antes de que se vieran contaminados y perturbados por la opinión de los demás. Y me sentí embargado de una profunda gratitud, de una alegría sosegada y de una confianza serena en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
De gratitud por el brillante, rico y clarificador magisterio del Benedicto XVI. Os confieso que he leído sus encíclicas, sus catequesis, sus homilía, sus discursos y sus libros con auténtica pasión. Su manera sencilla y actualizada de presentar el Evangelio de siempre me ha seducido y emocionado. Cuando fue elegido Papa, no compartí el entusiasmo ni la alegría de mucha gente. Entre otros, algunos amigos cercanos y lúcidos. Más bien, me sentí decepcionado, aunque acepté su designación con obdediencia filial y con fe. Hoy reconozco que estaba equivocado y que este Papa va a dejar una huella imborrable en la Iglesia. Sus escritos y sus catequesis han sabido centrarse siempre en lo esencial y ofrecer una teología kerigmática de largo alcance.
De alegría, por su gesto impresionante de libertad evangélica y de confianza en Dios. Esa confianza que le ha llevado decir que todos somos prescindibles, salvo Dios. Y la libertad de no sentirse presionado por el peso de la tradición ni por las reacciones que se iban a producir. También tiene la humildad suficiente para asumir que el sucesor que el Espíritu nos traiga imprima otro rumbo al pontificado y modifique la orientación que él, con la ayuda del Espíritu y de todo el pueblo de Dios, trató de dar a la Iglesia en los albores del siglo XXI. No he hablado personalmente con él en ninguna ocasión, pero sí que he estado físicamente cerca en diversas ocasiones antes de que fuera Papa. Y me alegro de que ahora, en sus últimos años, se pueda seguir adentrando sin urgencias y sin preocupaciones en la oración, en el estudio y en el arte de comunicar. Seguro que todavía tiene muchas cosas que decir.
Y de confianza en Dios, porque sólo Él es el presente y el futuro del hombre y de la Iglesia. Si ha permitido que Benedicto XVI renuncie, es porque tiene sus planes y quiere decirnos algo a sus hijos. Por mi parte, os invito a comenzar la Cuaresma con esta honda reflexión tomada del mensaje del Papa para este año: "La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios, para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios"
De gratitud por el brillante, rico y clarificador magisterio del Benedicto XVI. Os confieso que he leído sus encíclicas, sus catequesis, sus homilía, sus discursos y sus libros con auténtica pasión. Su manera sencilla y actualizada de presentar el Evangelio de siempre me ha seducido y emocionado. Cuando fue elegido Papa, no compartí el entusiasmo ni la alegría de mucha gente. Entre otros, algunos amigos cercanos y lúcidos. Más bien, me sentí decepcionado, aunque acepté su designación con obdediencia filial y con fe. Hoy reconozco que estaba equivocado y que este Papa va a dejar una huella imborrable en la Iglesia. Sus escritos y sus catequesis han sabido centrarse siempre en lo esencial y ofrecer una teología kerigmática de largo alcance.
De alegría, por su gesto impresionante de libertad evangélica y de confianza en Dios. Esa confianza que le ha llevado decir que todos somos prescindibles, salvo Dios. Y la libertad de no sentirse presionado por el peso de la tradición ni por las reacciones que se iban a producir. También tiene la humildad suficiente para asumir que el sucesor que el Espíritu nos traiga imprima otro rumbo al pontificado y modifique la orientación que él, con la ayuda del Espíritu y de todo el pueblo de Dios, trató de dar a la Iglesia en los albores del siglo XXI. No he hablado personalmente con él en ninguna ocasión, pero sí que he estado físicamente cerca en diversas ocasiones antes de que fuera Papa. Y me alegro de que ahora, en sus últimos años, se pueda seguir adentrando sin urgencias y sin preocupaciones en la oración, en el estudio y en el arte de comunicar. Seguro que todavía tiene muchas cosas que decir.
Y de confianza en Dios, porque sólo Él es el presente y el futuro del hombre y de la Iglesia. Si ha permitido que Benedicto XVI renuncie, es porque tiene sus planes y quiere decirnos algo a sus hijos. Por mi parte, os invito a comenzar la Cuaresma con esta honda reflexión tomada del mensaje del Papa para este año: "La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios, para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios"
miércoles, 6 de febrero de 2013
LA ATENCIÓN A LOS MAYORES Y ENFERMOS
En vísperas del día del enfermo, deseo llamar la atención de todos por un sector de la Iglesia que no recibe la atención que necesita y se merece. Me refiero a los enfermos crónicos y a las personas mayores. Unos, porque han sido ingresados en residencias en las que no hay ninguna atención religiosa; y otros, porque sus hijos o los familiares que los cuidan y con los que viven carecen de toda sensibilidad religiosa. El caso es que son numerosas las personas que acudían diariamente al templo y que ya no reciben ni una sola visita del sacerdote para alentarlas y para alimentar su vida de fe. Olvidamos que son una parte muy importante de la Iglesia, con la que ya no se cuenta y que no recibe la atención necesaria. Una parte más numerosa cada día.
Comprendo que los sacerdotes somos pocos y no podemos llegar a todas partes, pero no podemos olvidar a estos hermanos y hermanas, que están entre los más necesitados y los más débiles. Lo mismo que hemos tratado de que tengan un hogar adecuado en su condición de enfermos o de personas mayores; y dispongan de las atenciones necesarias, tiene que preocuparnos su vida de fe. Pues me da la triste impresión de que, a veces, nos preocupamos mucho -y es justo que así sea- por todo lo que se refiere a su bienestar material, y nos olvidamos de que son una parte viva de la Iglesia y tienen unas necesidades espirituales que no deben ser descuidadas.
Es otra manera, menos vistosa y menos valorada socialmente, de optar por los más pobres y por los más abandonados. Otro aspecto del que deberíamos preocuparnos más durante el Año de la Fe que estamos celebrando. No vaya a ser que el interés por la nueva evangelización no se traduzca también en la atención necesaria a todos los evangelizados y creyentes que necesitan nuestra ayuda.
Comprendo que los sacerdotes somos pocos y no podemos llegar a todas partes, pero no podemos olvidar a estos hermanos y hermanas, que están entre los más necesitados y los más débiles. Lo mismo que hemos tratado de que tengan un hogar adecuado en su condición de enfermos o de personas mayores; y dispongan de las atenciones necesarias, tiene que preocuparnos su vida de fe. Pues me da la triste impresión de que, a veces, nos preocupamos mucho -y es justo que así sea- por todo lo que se refiere a su bienestar material, y nos olvidamos de que son una parte viva de la Iglesia y tienen unas necesidades espirituales que no deben ser descuidadas.
Es otra manera, menos vistosa y menos valorada socialmente, de optar por los más pobres y por los más abandonados. Otro aspecto del que deberíamos preocuparnos más durante el Año de la Fe que estamos celebrando. No vaya a ser que el interés por la nueva evangelización no se traduzca también en la atención necesaria a todos los evangelizados y creyentes que necesitan nuestra ayuda.
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