miércoles, 22 de mayo de 2013
LA ELECCIÓN DE SAN MATÍAS
El libro de Los Hechos de los Apóstoles nos ayuda a conocer cómo se va estructurando la Iglesia de los orígenes y con qué espíritu trata de buscar la voluntad de Dios ante los diversos acontecimientos que se le presentan. Una de las primeras decisiones que afrontó fue la elección de alguien que ocupara el puesto que había quiedado vacante por la muerte de Judas, para que el Colegio Apostólico estuviera formado por el número simbólico de doce miembros. Nos lo narra san Lucas en el capítulo primero de Los Hechos, que os recomiendo releer.
A propósito del procedimiento que siguieron, comenta san Juan Crisóstomo: "Pedro, a quien se había encomendado el rebaño de Cristo, es el primero en hablar, llevado de su fervor y de su primacía dentro del grupo: 'Hermanos, tenemos que elegir de entre nosotros'. Acepta el parecer de los reunidos, y al mismo tiempo honra a los que son elegidos, e impide la envidia que se podía insinuar ¿No tenía Pedro facultad para elegir a quien quisiera? La tenía, sin duda, pero se abstiene de usarla, para no dar la impresión de que obra por favoritismo".
Aunque es un tema delicado y siempre difícil, en estos tiempos en los que el Papa Francisco insiste tanto en que la autoridad, dentro de la Iglesia, se distingue por ser un servicio, sería bueno que se ofreciera a todas las diócesis algún sistema de participación en la elección de sus pastores. Personas que sean bien conocidas y que conozcan la historia de las diócesis, para que se puede realizar una pastoral sin continuas rupturas y sin interrpción de los logros que han ido consiguiendo entre todos los cristianos. No es bueno que cada vez que llega un respomnsable nuevo a una comunidad, sea diócesis o parroquia, tengan que acomodarse todos los miembros de la misma, y de modo especial los más activos pastoralmente, a sus preferencias y a su estilo.
A propósito del procedimiento que siguieron, comenta san Juan Crisóstomo: "Pedro, a quien se había encomendado el rebaño de Cristo, es el primero en hablar, llevado de su fervor y de su primacía dentro del grupo: 'Hermanos, tenemos que elegir de entre nosotros'. Acepta el parecer de los reunidos, y al mismo tiempo honra a los que son elegidos, e impide la envidia que se podía insinuar ¿No tenía Pedro facultad para elegir a quien quisiera? La tenía, sin duda, pero se abstiene de usarla, para no dar la impresión de que obra por favoritismo".
Aunque es un tema delicado y siempre difícil, en estos tiempos en los que el Papa Francisco insiste tanto en que la autoridad, dentro de la Iglesia, se distingue por ser un servicio, sería bueno que se ofreciera a todas las diócesis algún sistema de participación en la elección de sus pastores. Personas que sean bien conocidas y que conozcan la historia de las diócesis, para que se puede realizar una pastoral sin continuas rupturas y sin interrpción de los logros que han ido consiguiendo entre todos los cristianos. No es bueno que cada vez que llega un respomnsable nuevo a una comunidad, sea diócesis o parroquia, tengan que acomodarse todos los miembros de la misma, y de modo especial los más activos pastoralmente, a sus preferencias y a su estilo.
jueves, 16 de mayo de 2013
VEN, ESPÍRITU DIVINO
El domingo 19 de mayo, los católicos celebramos la fiesta de Pentecostés. San Lucas narra, en el capítulo segundo de Los Hechos de los Apóstoles, el acontecimiento que celebramos: la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, que estaban reunidos en oración, con María, la Madre de Jesús. Aquella experiencia de fe marcó el comienzo de la vida de la Iglesia, que se sintió llena del Aliento de Dios y se lanzó a la calle a proclamar que Jesucristo ha resucitado, está vivo y es el Sñor; y que, por la fe en Él, todos sus seguidores quedamos justificados y transformados en hombres nuevos.
La celebración de esta fiesta supone, para cuantos la vivimos con fe, una honda renovación interior. Aunque ya está presente en nuestro corazón el Espíritu Santo, que se nos dio en el Bautismo, ahora se actualiza y se intensifica dicha presencia. Sucede algo similar a lo que acontece con el amor que tenemos a una persona querida cuando nos visita y nos sentamos a departir con ella: Ese amor, que ya estaba ahí, se acrecienta y se hace más vivo y consciente. Algo similar ocurre con el Espíritu Santo cuando celebramos Pentecostés. Con palabras de san Cirilo de Jerusalén, "llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico ptotector, pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma, primero de quien lo recibe; luego, mediante éste, las de los demás".
En este sentido, afirmamos que las celebraciones de los misterios de la fe (nacimiento del Señor, Pascua, Pentecostés...) tienen una eficacia sacramental sobre el espíritu del creyente. Siempre que el sujeto que los celebra tenga la debida preparación, producen nuevamente en él los frutos de aquello que se celebra hoy.
La celebración de esta fiesta supone, para cuantos la vivimos con fe, una honda renovación interior. Aunque ya está presente en nuestro corazón el Espíritu Santo, que se nos dio en el Bautismo, ahora se actualiza y se intensifica dicha presencia. Sucede algo similar a lo que acontece con el amor que tenemos a una persona querida cuando nos visita y nos sentamos a departir con ella: Ese amor, que ya estaba ahí, se acrecienta y se hace más vivo y consciente. Algo similar ocurre con el Espíritu Santo cuando celebramos Pentecostés. Con palabras de san Cirilo de Jerusalén, "llega mansa y suavemente, se le experimenta como finísima fragancia, su yugo no puede ser más ligero. Fulgurantes rayos de luz y de conocimiento anuncian su venida. Se acerca con los sentimientos entrañables de un auténtico ptotector, pues viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma, primero de quien lo recibe; luego, mediante éste, las de los demás".
En este sentido, afirmamos que las celebraciones de los misterios de la fe (nacimiento del Señor, Pascua, Pentecostés...) tienen una eficacia sacramental sobre el espíritu del creyente. Siempre que el sujeto que los celebra tenga la debida preparación, producen nuevamente en él los frutos de aquello que se celebra hoy.
jueves, 9 de mayo de 2013
SUBIÓ A LOS CIELOS Y ESTÁ A LA DIESTRA DE DIOS PADRE
Nos estamos preparando para celebrar la fiesta de la Ascensión del Señor. El evangelista Lucas narra esta verdad de fe recurriendo a la imaginación de los lectores. Dice que "lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de su vista". De acuerdo con la comprensión del mundo que se desprende de la Biblia, Dios está arriba, en el cielo; y es allí donde marchó Jesús, que ahora está a la derecha del Padre.
Bajo estas imágenes, lo que pretende decirnos es que el Señor ha salido de las coordenadas del espacio y del tiempo, que la nueva creación ha irrumpido entre los hombres y ha comenzado a sustiuir la historia de la salvación. Esa nueva creación, en la que ya no habrá muerte ni llanto ni dolor. No es que Jesucristo se haya ido más lejos, sino que se ha adentrado más en el corazón del hombre. Ahora no lo vemos, pero Él habita en nuestros corazones y se hace presente en medio de nosotros, para traernos la salvación, cada vez que celebramos un sacramento. Como escribió el papa san León Magno, "todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales". Por eso, los Apóstoles, y nosotros con ellos, "al no ver el cuerpo del Señor, podían comprender con mayor claridad que no había dejado al Padre al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo". Mediante la ascensión, Jesucristo "se mostró, de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre; y, al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad".
Por eso, la Ascensión no sólo nos invita a mirar al futuro con esperanza, sino que nos alienta ya a vivir con fe el presente; nos anima a "ascender", a buscar "las cosas que son de arriba", a desprendernos del mundo y a acrecentar nuestro deseo de Dios.
Bajo estas imágenes, lo que pretende decirnos es que el Señor ha salido de las coordenadas del espacio y del tiempo, que la nueva creación ha irrumpido entre los hombres y ha comenzado a sustiuir la historia de la salvación. Esa nueva creación, en la que ya no habrá muerte ni llanto ni dolor. No es que Jesucristo se haya ido más lejos, sino que se ha adentrado más en el corazón del hombre. Ahora no lo vemos, pero Él habita en nuestros corazones y se hace presente en medio de nosotros, para traernos la salvación, cada vez que celebramos un sacramento. Como escribió el papa san León Magno, "todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales". Por eso, los Apóstoles, y nosotros con ellos, "al no ver el cuerpo del Señor, podían comprender con mayor claridad que no había dejado al Padre al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo". Mediante la ascensión, Jesucristo "se mostró, de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre; y, al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad".
Por eso, la Ascensión no sólo nos invita a mirar al futuro con esperanza, sino que nos alienta ya a vivir con fe el presente; nos anima a "ascender", a buscar "las cosas que son de arriba", a desprendernos del mundo y a acrecentar nuestro deseo de Dios.
lunes, 29 de abril de 2013
VI UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA
El aspecto más profundo de la presente crisis es la falta de valores. La enorme corrupción, la insolidaridad, los sueldos desmesurados junto al paro galopante y la pobreza extrema son algunas consecuencias del mal de fondo que nos aflige: el olvido de Dios y la consiguiente falta de valores.
El libro del Apocalipsis nos habla de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Son el fruto primero de la fe en el Resucitado. Y los creyentes no podemos esperar a que ese cielo nuevo y esta tierra nueva caigan de lo alto ni tampoco diferirlos a un futuro remoto. Pueden y deben comenzar a despuntar ya en nuestro mundo. Ante el fracaso del comunismo, primero, y del capitalismo, después, la fe cristiana nos anima a apostar por una economóa de comumnión, que ponga a la persona en el centro de interés y de mira. Una economía nueva, respetuosa con el medio ambiente y al servicio de la persona. Una economía que se aleje de la ingeniería financiera y que se centre en la producción de los bienes necesarios. Es la que se deduce de la doctrina social de la Iglesia.
Tenemos que inventarla entre todos, porque no les interesa en absoluto a los actuales dueños del mundo y porque ningún gobernante va a tratar de llevarla a la práctica. Desde siempre, los amor del mundo buscan principalmente asegurar su poder y su dominio, sin importarle el carácter ético o nada ético de los medios que se empleen.
Dicha economía tiene que empezar a fraguarse en los hogares y en la escuela, poniendo al amor como base de la existencia y del desarrollo humano. Sin una educación para amar y para dejarse amar, en el sentido evangélico de esta palabra, no saldremos del fondo cenagoso en el que se debate la sociedad actual. La resurrección de Jesucristo nos asgeura que el Espíritu Santo, que derrama el amor en nuestros corazones, nos libera de todo lo que nos impide amar. Y sólo desde ahí veremos brotar esa tierra nueva de la que nos habla la Palabra de Dios. Seguramente no llegaremos a erradicar el mal de nuestro mundo, porque Dios nos ha hecho libres y la tentación nos acecha cada día, pero sí que lo haremos retroceder significativamente.
El libro del Apocalipsis nos habla de un cielo nuevo y de una tierra nueva. Son el fruto primero de la fe en el Resucitado. Y los creyentes no podemos esperar a que ese cielo nuevo y esta tierra nueva caigan de lo alto ni tampoco diferirlos a un futuro remoto. Pueden y deben comenzar a despuntar ya en nuestro mundo. Ante el fracaso del comunismo, primero, y del capitalismo, después, la fe cristiana nos anima a apostar por una economóa de comumnión, que ponga a la persona en el centro de interés y de mira. Una economía nueva, respetuosa con el medio ambiente y al servicio de la persona. Una economía que se aleje de la ingeniería financiera y que se centre en la producción de los bienes necesarios. Es la que se deduce de la doctrina social de la Iglesia.
Tenemos que inventarla entre todos, porque no les interesa en absoluto a los actuales dueños del mundo y porque ningún gobernante va a tratar de llevarla a la práctica. Desde siempre, los amor del mundo buscan principalmente asegurar su poder y su dominio, sin importarle el carácter ético o nada ético de los medios que se empleen.
Dicha economía tiene que empezar a fraguarse en los hogares y en la escuela, poniendo al amor como base de la existencia y del desarrollo humano. Sin una educación para amar y para dejarse amar, en el sentido evangélico de esta palabra, no saldremos del fondo cenagoso en el que se debate la sociedad actual. La resurrección de Jesucristo nos asgeura que el Espíritu Santo, que derrama el amor en nuestros corazones, nos libera de todo lo que nos impide amar. Y sólo desde ahí veremos brotar esa tierra nueva de la que nos habla la Palabra de Dios. Seguramente no llegaremos a erradicar el mal de nuestro mundo, porque Dios nos ha hecho libres y la tentación nos acecha cada día, pero sí que lo haremos retroceder significativamente.
jueves, 18 de abril de 2013
EL ROSTRO HUMANO DE DIOS
El hombre de todos los tiempos ha deseado saber quién es Dios y cómo es Dios. Digo "el hombre de todos los tiempos", porque el ateísmo es un fenómeno minoritario en el yiempo, que surge en etapas decadentes de la historia, como la etapa final del imprerio romano o la etapa actual de Europa. En la Biblia, este deseo de conocer a Dios se pone de manifiesto en expresiones tales como "muéstrame tu rostro, Señor", "tu rostro buscaré, Dios mío", "no me escondas tu rostro"...
Para los cristianos, Jesús de Nazaret es el rostro humano de Dios, su imagen más perfecta y más lograda. Y es Él mismo quien dice: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Por eso, a la luz de Jesucristo, muerto y resucitado, los cristianos analizamos todo lo que las sagradas Escrituras nos han dicho y nos dicen sobre Dios. Con otras palabras, Jesucristo es el filtro que nos permite limpiar de adherencias históricas el rostro de Dios, y adentrarnos, si bien de forma siempre muy limitada, en el Misterio insondable que denominamos Dios. Digo "insondable", porque Dios es siempre mayor y más sorprendente de cuanto podamos vislumbrar con nuestra inteligencia y con nuestro corazón. Ni siquiera "los ojos de la fe", o sea, la inteligencia emocional templada en la oración, nos permite "ver" a Dios. Por eso, los pensadores medievales hablaban de que sólo podremos comtemplar a Dios cuando Él mismo nos dote de la "luz de la gloria", de una visión trasformada por la fe y por el amor, más allá del espacio y del tiempo.
A la luz de Jesucristo, podemos afirmar con firmeza que Dios es rico en compasión y en misericordia; que es liberador, porque nos libera de todo lo que nos impide amar y ser humanos; que es el valedor y protector de los pobres, el único que los protege y los ama de verdad; que es el futuro del hombre, porque creamos o no, todos vamos a su encuentro; que es solidario con el hombre, porque nos creó por amor y, al hacerse hombre en Jesucristo, está siempre unido a todos y a cada uno de los hombres; que Dios es la Bondad total y el Anti-mal; que es una comunión de personas en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; y que -y ésta es la expresión suprema y más certera- Dios es Amor.
Sólo hay una manera de adentrarse en cada una de estas afirmaciones para saber qué significan, y consiste en el trato personal con Él, un trato en el que participa el hombre total, con sus sentidos, con su inteligencia, con sus sentimientos y con su su corazón. Pues sólo quien trata habitualmente con Dios sabe realmente algo del Quién más hondo de Dios.
Para los cristianos, Jesús de Nazaret es el rostro humano de Dios, su imagen más perfecta y más lograda. Y es Él mismo quien dice: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Por eso, a la luz de Jesucristo, muerto y resucitado, los cristianos analizamos todo lo que las sagradas Escrituras nos han dicho y nos dicen sobre Dios. Con otras palabras, Jesucristo es el filtro que nos permite limpiar de adherencias históricas el rostro de Dios, y adentrarnos, si bien de forma siempre muy limitada, en el Misterio insondable que denominamos Dios. Digo "insondable", porque Dios es siempre mayor y más sorprendente de cuanto podamos vislumbrar con nuestra inteligencia y con nuestro corazón. Ni siquiera "los ojos de la fe", o sea, la inteligencia emocional templada en la oración, nos permite "ver" a Dios. Por eso, los pensadores medievales hablaban de que sólo podremos comtemplar a Dios cuando Él mismo nos dote de la "luz de la gloria", de una visión trasformada por la fe y por el amor, más allá del espacio y del tiempo.
A la luz de Jesucristo, podemos afirmar con firmeza que Dios es rico en compasión y en misericordia; que es liberador, porque nos libera de todo lo que nos impide amar y ser humanos; que es el valedor y protector de los pobres, el único que los protege y los ama de verdad; que es el futuro del hombre, porque creamos o no, todos vamos a su encuentro; que es solidario con el hombre, porque nos creó por amor y, al hacerse hombre en Jesucristo, está siempre unido a todos y a cada uno de los hombres; que Dios es la Bondad total y el Anti-mal; que es una comunión de personas en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; y que -y ésta es la expresión suprema y más certera- Dios es Amor.
Sólo hay una manera de adentrarse en cada una de estas afirmaciones para saber qué significan, y consiste en el trato personal con Él, un trato en el que participa el hombre total, con sus sentidos, con su inteligencia, con sus sentimientos y con su su corazón. Pues sólo quien trata habitualmente con Dios sabe realmente algo del Quién más hondo de Dios.
jueves, 11 de abril de 2013
CELEBRAR LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
En su homilía de la Vigilia Pascual del año 2006, el papa Benedicto XVI dijo que "la resurrección fue un estallido de luz, una explosión de amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del 'morir y devenir'. inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera transformada y a través de la cual surge un mundo nuevo. (...) Es un salto cualitativo en la historia de la evolución y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí".
Dado que el texto es muy denso, deseo llamar la atención sobre algunas afirmaciones, para que cada uno las analice y medite. Cuando afirma que "desató el vínculo hasta entonces indisoluble del morir y devenir", nos está diciendo que la muerte se ha acabado y ya no es el final de la existencia humana, sino un paso hacia "el más allá" donde Dios habita para siempre y donde habitaremos nosotros con Él.
Diciendo que "inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera transformada", nos está recuerda que Jesucristo ha resucitado en cuerpo y alma; que la resurrección implica también a su cuerpo, y que el Jesús que ha resucitado es el mismo que murió en la cruz. Pero "no ha revivido" como Lázaro, sino que, al resucitar, su cuerpo se ha transformado ya en un cuerpo "glorioso" o "espiritual, como dice san Pablo, fuera de las coordenas del tiempo y del espacio.
Precisamente por eso afirma Benedicto XVI que la resurrección de Jeucristo es un "salto cualitativo en la historia de la evolución (...), hacia un mundo nuevo". Es el comienzo de los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos.
Hasta aquí, el dato objetivo: lo que creemos. Pero la fe en la resurrección de Jesucristo no se limita a creer lo que pasó, sino que nos afecta personalmente a cada uno y nos transforma en lo más profundo de nuestro ser. Además de referirse a lo que le sucedió a Jesucristo, se refiere a lo que sucedió a los Apóstoles y nos sucede también hoy a todos los que creemos: que nos cambia por dentro. Para entendernos, la Magdalena que buscaba un cadaver en el sepulcro y no recocía al Resucitado que estaba hablando con ella, es distinta de la que se abraza a los pies de Jesús y le grita: "Maestro". El cambio que se ha operado es el paso de la "no fe" a la fe; el paso de las tinieblas de la desesperanza, a la luz de la esperanza. Un paso que se pone de manifiesto porque nos llena de paz, de alegría, de gratitud y de amor
Dado que el texto es muy denso, deseo llamar la atención sobre algunas afirmaciones, para que cada uno las analice y medite. Cuando afirma que "desató el vínculo hasta entonces indisoluble del morir y devenir", nos está diciendo que la muerte se ha acabado y ya no es el final de la existencia humana, sino un paso hacia "el más allá" donde Dios habita para siempre y donde habitaremos nosotros con Él.
Diciendo que "inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera transformada", nos está recuerda que Jesucristo ha resucitado en cuerpo y alma; que la resurrección implica también a su cuerpo, y que el Jesús que ha resucitado es el mismo que murió en la cruz. Pero "no ha revivido" como Lázaro, sino que, al resucitar, su cuerpo se ha transformado ya en un cuerpo "glorioso" o "espiritual, como dice san Pablo, fuera de las coordenas del tiempo y del espacio.
Precisamente por eso afirma Benedicto XVI que la resurrección de Jeucristo es un "salto cualitativo en la historia de la evolución (...), hacia un mundo nuevo". Es el comienzo de los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos.
Hasta aquí, el dato objetivo: lo que creemos. Pero la fe en la resurrección de Jesucristo no se limita a creer lo que pasó, sino que nos afecta personalmente a cada uno y nos transforma en lo más profundo de nuestro ser. Además de referirse a lo que le sucedió a Jesucristo, se refiere a lo que sucedió a los Apóstoles y nos sucede también hoy a todos los que creemos: que nos cambia por dentro. Para entendernos, la Magdalena que buscaba un cadaver en el sepulcro y no recocía al Resucitado que estaba hablando con ella, es distinta de la que se abraza a los pies de Jesús y le grita: "Maestro". El cambio que se ha operado es el paso de la "no fe" a la fe; el paso de las tinieblas de la desesperanza, a la luz de la esperanza. Un paso que se pone de manifiesto porque nos llena de paz, de alegría, de gratitud y de amor
martes, 2 de abril de 2013
NO OS DEJÉIS ROBAR LA ESPERANZA
En su homilía del domingo de ramos, el papa Francisco nos decía a los católicos: "No os dejéis robar la esperanza". Esta invitación se puede convertir en el núcleo de nuestra vivencia de la fe a lo largo de los cincuenta días que nos ofrece la Iglesia para meditar y adentrarnos en el misterio de la resurrección de Jesucristo.
No os dejéis robar la esperanza, poque Jesucristo ha resucitado verdaderamente y este acontecimiento es el comienzo de la "nueva creación". Los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos han irrumpido ya en la historia. La fe nos los muestra concretados en la persona de Jesús de Nazaret, que está presente en el seno de la Santa Trinidad y que, al mismo tiempo, nos acompaña cada día entre los avatares de la existencia.
No os dejéis robar la esperanza, porque el mal ha sido definitivamente vencido. Y eso quiere decir que tú, yo y cada uno de los humanos podemos "buscar los bienes de arriba" y ver cómo emergen en nosotros, de lo que era un "corazón de piedra", esos talentos que teniamos enterrados y que fructifican como valores y posibilidades que nos eran desconocidos a nasosotros mismos.
No os dejéis robar la esperanza, porque los gestos de amor que brotan de nuestra fe, aunque parezcan tan insignificantes como un grano de mostaza, pueden desencadenar movimientos de liberación y de vida que transformen la historia humana. Es lo que nos enseñan las semillas evangélicas que sembró Dios en san Juan Bosco, san Juan de Dios, san Vicente de Paúl, san Camilo de Lelis y santa Juana Jugan. Su aportación ha arraigado en la historia humana y sigue fructificando en un mundo de sombras y de pecado. Como el árbol plantado al borde de la acequia, no dejan de dar fruto de amor y de servicio a los que nadie quiere.
No os dejéis robar la esperanza, porque el Evangelio sigue teniendo un enorme poder de seducción para el hombre. Pero es necesario proclamarlo abiertamente, con obras y con palabras. En lugar de perder tiempo en condenar y criticar a nuestro mundo, tenemos que habituarnos a hablar más con Dios y a hablar más de Dios. Que se note que no somos el freno, sino la vanguardia de Dios en el mundo; los portadores del sí, de la alegría, de la esperanza y de la vida.
No os dejéis robar la esperanza, poque Jesucristo ha resucitado verdaderamente y este acontecimiento es el comienzo de la "nueva creación". Los cielos nuevos y la tierra nueva que esperamos han irrumpido ya en la historia. La fe nos los muestra concretados en la persona de Jesús de Nazaret, que está presente en el seno de la Santa Trinidad y que, al mismo tiempo, nos acompaña cada día entre los avatares de la existencia.
No os dejéis robar la esperanza, porque el mal ha sido definitivamente vencido. Y eso quiere decir que tú, yo y cada uno de los humanos podemos "buscar los bienes de arriba" y ver cómo emergen en nosotros, de lo que era un "corazón de piedra", esos talentos que teniamos enterrados y que fructifican como valores y posibilidades que nos eran desconocidos a nasosotros mismos.
No os dejéis robar la esperanza, porque los gestos de amor que brotan de nuestra fe, aunque parezcan tan insignificantes como un grano de mostaza, pueden desencadenar movimientos de liberación y de vida que transformen la historia humana. Es lo que nos enseñan las semillas evangélicas que sembró Dios en san Juan Bosco, san Juan de Dios, san Vicente de Paúl, san Camilo de Lelis y santa Juana Jugan. Su aportación ha arraigado en la historia humana y sigue fructificando en un mundo de sombras y de pecado. Como el árbol plantado al borde de la acequia, no dejan de dar fruto de amor y de servicio a los que nadie quiere.
No os dejéis robar la esperanza, porque el Evangelio sigue teniendo un enorme poder de seducción para el hombre. Pero es necesario proclamarlo abiertamente, con obras y con palabras. En lugar de perder tiempo en condenar y criticar a nuestro mundo, tenemos que habituarnos a hablar más con Dios y a hablar más de Dios. Que se note que no somos el freno, sino la vanguardia de Dios en el mundo; los portadores del sí, de la alegría, de la esperanza y de la vida.
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