miércoles, 13 de febrero de 2013
EL CAMINO HACIA LA PASCUA, DE LA MANO DE BENEDICTO XVI
Escuché la notia de la renuncia de Benedicto XVI a los pocos minutos de que él mismo la hubiera dado, al oír el informativo de las doce de una cadena de radio. Sentí una profunda sacudida interior, pero en lugar de dedicarme a escuchar comentarios, cogí el santo rosario y salí a rezarlo bajo el sol radiante de un día que no parecía de invierno. Mientras meditaba los misterios gozosos, iba analizando también nis sentimientos, antes de que se vieran contaminados y perturbados por la opinión de los demás. Y me sentí embargado de una profunda gratitud, de una alegría sosegada y de una confianza serena en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
De gratitud por el brillante, rico y clarificador magisterio del Benedicto XVI. Os confieso que he leído sus encíclicas, sus catequesis, sus homilía, sus discursos y sus libros con auténtica pasión. Su manera sencilla y actualizada de presentar el Evangelio de siempre me ha seducido y emocionado. Cuando fue elegido Papa, no compartí el entusiasmo ni la alegría de mucha gente. Entre otros, algunos amigos cercanos y lúcidos. Más bien, me sentí decepcionado, aunque acepté su designación con obdediencia filial y con fe. Hoy reconozco que estaba equivocado y que este Papa va a dejar una huella imborrable en la Iglesia. Sus escritos y sus catequesis han sabido centrarse siempre en lo esencial y ofrecer una teología kerigmática de largo alcance.
De alegría, por su gesto impresionante de libertad evangélica y de confianza en Dios. Esa confianza que le ha llevado decir que todos somos prescindibles, salvo Dios. Y la libertad de no sentirse presionado por el peso de la tradición ni por las reacciones que se iban a producir. También tiene la humildad suficiente para asumir que el sucesor que el Espíritu nos traiga imprima otro rumbo al pontificado y modifique la orientación que él, con la ayuda del Espíritu y de todo el pueblo de Dios, trató de dar a la Iglesia en los albores del siglo XXI. No he hablado personalmente con él en ninguna ocasión, pero sí que he estado físicamente cerca en diversas ocasiones antes de que fuera Papa. Y me alegro de que ahora, en sus últimos años, se pueda seguir adentrando sin urgencias y sin preocupaciones en la oración, en el estudio y en el arte de comunicar. Seguro que todavía tiene muchas cosas que decir.
Y de confianza en Dios, porque sólo Él es el presente y el futuro del hombre y de la Iglesia. Si ha permitido que Benedicto XVI renuncie, es porque tiene sus planes y quiere decirnos algo a sus hijos. Por mi parte, os invito a comenzar la Cuaresma con esta honda reflexión tomada del mensaje del Papa para este año: "La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios, para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios"
De gratitud por el brillante, rico y clarificador magisterio del Benedicto XVI. Os confieso que he leído sus encíclicas, sus catequesis, sus homilía, sus discursos y sus libros con auténtica pasión. Su manera sencilla y actualizada de presentar el Evangelio de siempre me ha seducido y emocionado. Cuando fue elegido Papa, no compartí el entusiasmo ni la alegría de mucha gente. Entre otros, algunos amigos cercanos y lúcidos. Más bien, me sentí decepcionado, aunque acepté su designación con obdediencia filial y con fe. Hoy reconozco que estaba equivocado y que este Papa va a dejar una huella imborrable en la Iglesia. Sus escritos y sus catequesis han sabido centrarse siempre en lo esencial y ofrecer una teología kerigmática de largo alcance.
De alegría, por su gesto impresionante de libertad evangélica y de confianza en Dios. Esa confianza que le ha llevado decir que todos somos prescindibles, salvo Dios. Y la libertad de no sentirse presionado por el peso de la tradición ni por las reacciones que se iban a producir. También tiene la humildad suficiente para asumir que el sucesor que el Espíritu nos traiga imprima otro rumbo al pontificado y modifique la orientación que él, con la ayuda del Espíritu y de todo el pueblo de Dios, trató de dar a la Iglesia en los albores del siglo XXI. No he hablado personalmente con él en ninguna ocasión, pero sí que he estado físicamente cerca en diversas ocasiones antes de que fuera Papa. Y me alegro de que ahora, en sus últimos años, se pueda seguir adentrando sin urgencias y sin preocupaciones en la oración, en el estudio y en el arte de comunicar. Seguro que todavía tiene muchas cosas que decir.
Y de confianza en Dios, porque sólo Él es el presente y el futuro del hombre y de la Iglesia. Si ha permitido que Benedicto XVI renuncie, es porque tiene sus planes y quiere decirnos algo a sus hijos. Por mi parte, os invito a comenzar la Cuaresma con esta honda reflexión tomada del mensaje del Papa para este año: "La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios, para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios"
miércoles, 6 de febrero de 2013
LA ATENCIÓN A LOS MAYORES Y ENFERMOS
En vísperas del día del enfermo, deseo llamar la atención de todos por un sector de la Iglesia que no recibe la atención que necesita y se merece. Me refiero a los enfermos crónicos y a las personas mayores. Unos, porque han sido ingresados en residencias en las que no hay ninguna atención religiosa; y otros, porque sus hijos o los familiares que los cuidan y con los que viven carecen de toda sensibilidad religiosa. El caso es que son numerosas las personas que acudían diariamente al templo y que ya no reciben ni una sola visita del sacerdote para alentarlas y para alimentar su vida de fe. Olvidamos que son una parte muy importante de la Iglesia, con la que ya no se cuenta y que no recibe la atención necesaria. Una parte más numerosa cada día.
Comprendo que los sacerdotes somos pocos y no podemos llegar a todas partes, pero no podemos olvidar a estos hermanos y hermanas, que están entre los más necesitados y los más débiles. Lo mismo que hemos tratado de que tengan un hogar adecuado en su condición de enfermos o de personas mayores; y dispongan de las atenciones necesarias, tiene que preocuparnos su vida de fe. Pues me da la triste impresión de que, a veces, nos preocupamos mucho -y es justo que así sea- por todo lo que se refiere a su bienestar material, y nos olvidamos de que son una parte viva de la Iglesia y tienen unas necesidades espirituales que no deben ser descuidadas.
Es otra manera, menos vistosa y menos valorada socialmente, de optar por los más pobres y por los más abandonados. Otro aspecto del que deberíamos preocuparnos más durante el Año de la Fe que estamos celebrando. No vaya a ser que el interés por la nueva evangelización no se traduzca también en la atención necesaria a todos los evangelizados y creyentes que necesitan nuestra ayuda.
Comprendo que los sacerdotes somos pocos y no podemos llegar a todas partes, pero no podemos olvidar a estos hermanos y hermanas, que están entre los más necesitados y los más débiles. Lo mismo que hemos tratado de que tengan un hogar adecuado en su condición de enfermos o de personas mayores; y dispongan de las atenciones necesarias, tiene que preocuparnos su vida de fe. Pues me da la triste impresión de que, a veces, nos preocupamos mucho -y es justo que así sea- por todo lo que se refiere a su bienestar material, y nos olvidamos de que son una parte viva de la Iglesia y tienen unas necesidades espirituales que no deben ser descuidadas.
Es otra manera, menos vistosa y menos valorada socialmente, de optar por los más pobres y por los más abandonados. Otro aspecto del que deberíamos preocuparnos más durante el Año de la Fe que estamos celebrando. No vaya a ser que el interés por la nueva evangelización no se traduzca también en la atención necesaria a todos los evangelizados y creyentes que necesitan nuestra ayuda.
miércoles, 23 de enero de 2013
EN CUESTIONES DE EVANGELIO, LAS REBAJAS NO VENDEN
Es natural que nos preguntemos en qué consiste la nueva evangelización y cómo podemos llevarla adelante. Pero hay un aspecto de nuestra tarea evangelizadora que no hemos abordado con hondura suficiente y que está causando mucho daño en nuestras comunidades parroquiales: la deserción de los adolescentes; de los niños que veíamos acudir con alegría a las celebraciones del domingo y que, apenas llegan a la adolescencia, se alejan de la práctica religiosa. Sucede con especial virulencia entre los que frecuentan los institutos, pero no es exclusivo de ellos. Por lo que conozco, los únicos que perseveran en un alto porcentaje son los hijos de las familias neocatecumenales que se insertaron en sus comunidades desde niños.
Los colegios religiosos que disponen de enseñanza secundaria tratan de acoger a estos adolescentes y de dar una respuesta a sus crisis. Por lo que yo nocozco, y confieso que mi experiencia es muy limitada, la respuesta más frecuente es la de las rebajas. No es infrecuente que chicos y chicas que acuden a estos colegios, sostengan abiertamente una postura favorable al aborto, a las relaciones sexuales más o menos libres, al rechazo del sacramento de la penitencia, a la insignificancia de la misa del domingo... Y no parece que haya nadie que les aclare su postura o que les diga abiertamente lo que enseña nuestra fe. Al final, estas rebajas conyunturales se traducen en una indiferencia total ante la fe y ante el Evangelio.
Los que acuden a los institutos lo tienen más difícil. No se atreven a confesar que son creyentes y terminan por alejarse totalmente de las prácticas religiosas. Algunos padres intentan retenerlos por la fuerza, pero esa actitud, ni dura mucho tiempo ni da resultado a largo plazo. Por mi parte, les suelo decir que no obliguen a sus hijos a que acudan a la Iglesia, aunque veo bien que hablen con ellos y que los animen. Al final, son muy pocos los que permanecen en nuestra comunidades. Y a veces, para que estos pocos no se alejen, no nos atrevemos a proponerles la fe con toda su alegría y su hondura. No es infrecuente que estén implicados en actividades que se desarrollan en los locales parroquiales y que se alejen de la misa del domingo y de la vida de fe en lo que se refiere a su trato con Dios. Porque tampoco aquí funcionan las rebajas.
Lo difícil es descubrir lo que deberíamos hacer para echarles una mano, en una etapa tan decisiva y crucial de su desarrollo humano y cristiano. Intuyo que habría que escucharlos más, estar más disponibles, ofrecer algún tipo de formación en consonancia con su edad... Cuando trato de acercarme a ellos con respeto y con afecto, veo que me escuchan, pero no estoy seguro de llegar a sus necesidades e inquitudes. En todo caso, estoy cada vez más convencido de que, en cuestiones de Evangelio, estas rebajas tampoco venden ni llevan a ninguna parte.
La excepción se produce cuando hay personas jóvenes y abiertas dedicadas a trabajar con los lóvenes y a escucharlos, pero siempre dispuestas a presentarles la fe con alegría, en diálogo con el mundo y sin ningún tipo de rebajas
Los colegios religiosos que disponen de enseñanza secundaria tratan de acoger a estos adolescentes y de dar una respuesta a sus crisis. Por lo que yo nocozco, y confieso que mi experiencia es muy limitada, la respuesta más frecuente es la de las rebajas. No es infrecuente que chicos y chicas que acuden a estos colegios, sostengan abiertamente una postura favorable al aborto, a las relaciones sexuales más o menos libres, al rechazo del sacramento de la penitencia, a la insignificancia de la misa del domingo... Y no parece que haya nadie que les aclare su postura o que les diga abiertamente lo que enseña nuestra fe. Al final, estas rebajas conyunturales se traducen en una indiferencia total ante la fe y ante el Evangelio.
Los que acuden a los institutos lo tienen más difícil. No se atreven a confesar que son creyentes y terminan por alejarse totalmente de las prácticas religiosas. Algunos padres intentan retenerlos por la fuerza, pero esa actitud, ni dura mucho tiempo ni da resultado a largo plazo. Por mi parte, les suelo decir que no obliguen a sus hijos a que acudan a la Iglesia, aunque veo bien que hablen con ellos y que los animen. Al final, son muy pocos los que permanecen en nuestra comunidades. Y a veces, para que estos pocos no se alejen, no nos atrevemos a proponerles la fe con toda su alegría y su hondura. No es infrecuente que estén implicados en actividades que se desarrollan en los locales parroquiales y que se alejen de la misa del domingo y de la vida de fe en lo que se refiere a su trato con Dios. Porque tampoco aquí funcionan las rebajas.
Lo difícil es descubrir lo que deberíamos hacer para echarles una mano, en una etapa tan decisiva y crucial de su desarrollo humano y cristiano. Intuyo que habría que escucharlos más, estar más disponibles, ofrecer algún tipo de formación en consonancia con su edad... Cuando trato de acercarme a ellos con respeto y con afecto, veo que me escuchan, pero no estoy seguro de llegar a sus necesidades e inquitudes. En todo caso, estoy cada vez más convencido de que, en cuestiones de Evangelio, estas rebajas tampoco venden ni llevan a ninguna parte.
La excepción se produce cuando hay personas jóvenes y abiertas dedicadas a trabajar con los lóvenes y a escucharlos, pero siempre dispuestas a presentarles la fe con alegría, en diálogo con el mundo y sin ningún tipo de rebajas
lunes, 14 de enero de 2013
CONTAR LO QUE NOS HA SUCEDIDO
El papa Pablo VI insistió, en diversos documentos, en que el hombre actual "escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan". Es así como evangelizaban los primeros cristianos, mediante una vida sencillamente evangélica. Primero, vivían enraizados en el Evangelio, y luego contaban todo lo que les había sucedido en su encuentro con Jesús y a partir de este encuentro. Su manera de vivir y de comportarse con los demás llevaba la marca de Jesús.
Los valores que encarnaban cada uno, y las primeras comunidades, eran la alegría, la humildad, la confianza en Jesucristo, la esperanza, la libertad interior y el amor mutuo. Empezando por los Apóstoles, que vivían en medio de sus comunidades y en actitud de servicio. Cuando alguien les preguntaba por la fuente de su amor o de su alegría, respondían sencillamente que lo habían recibido todo del Señor.
Si queremos que el anuncio del Evangelio resulte nuevo, novedoso y provocador, tenemos que realizarlo en un tono diferente y desde una rica experiencia interior. De ahí que la nueva evangelización no es algo que se pueda hacer sin más. Para que las palabras de un evangelizador resulten verdaderamente nuevas, tienen que salir de lo profundo del corazón: de un corazón convertido, alegre, sencillo, acogedor.
El error en que podemos caer es quedarnos en los contenidos, en lo que se llama la 'fe objetiva', y olvidar la vida de fe desde la que hablamos y desde la que anunciamos al Señor. En la Iglesia sobran "maestros", a la vez que faltan testigos alegres de Dios; sobran palabreros, que anuncian lo que no viven ni intentan vivir con esperanza; sobran personas poseídas del orgullo de su sabiduría y de su grandeza, que tratan de imponerse desde su altura intelectual, y de otros tipos, al común de los mortales. Sus razonamientos son correctos, pero no están respaldados por su vida ni por el calor de un corazón abrasado por el Espíritu Santo. Sólo conseguiremos llegar al corazón de los demás cuando contemos lo que nos ha sucedido desde el día en que nos enontramos con Jesucristo.
Los valores que encarnaban cada uno, y las primeras comunidades, eran la alegría, la humildad, la confianza en Jesucristo, la esperanza, la libertad interior y el amor mutuo. Empezando por los Apóstoles, que vivían en medio de sus comunidades y en actitud de servicio. Cuando alguien les preguntaba por la fuente de su amor o de su alegría, respondían sencillamente que lo habían recibido todo del Señor.
Si queremos que el anuncio del Evangelio resulte nuevo, novedoso y provocador, tenemos que realizarlo en un tono diferente y desde una rica experiencia interior. De ahí que la nueva evangelización no es algo que se pueda hacer sin más. Para que las palabras de un evangelizador resulten verdaderamente nuevas, tienen que salir de lo profundo del corazón: de un corazón convertido, alegre, sencillo, acogedor.
El error en que podemos caer es quedarnos en los contenidos, en lo que se llama la 'fe objetiva', y olvidar la vida de fe desde la que hablamos y desde la que anunciamos al Señor. En la Iglesia sobran "maestros", a la vez que faltan testigos alegres de Dios; sobran palabreros, que anuncian lo que no viven ni intentan vivir con esperanza; sobran personas poseídas del orgullo de su sabiduría y de su grandeza, que tratan de imponerse desde su altura intelectual, y de otros tipos, al común de los mortales. Sus razonamientos son correctos, pero no están respaldados por su vida ni por el calor de un corazón abrasado por el Espíritu Santo. Sólo conseguiremos llegar al corazón de los demás cuando contemos lo que nos ha sucedido desde el día en que nos enontramos con Jesucristo.
sábado, 5 de enero de 2013
DIOS SE DA A CONOCER A QUIEN LE BUSCA
La primera gran cuestión que se nos plantea hoy a los cristianos es la de saber si se puede ser una persona del s. XXI y creer que Dios existe. Y la segunda, más importante aún y más compleja, es la de saber quién es Dios, qué rasgos le definen. En realidad, han sido las dos cuestiones que han preocupado al creyente a lo largo de la historia: si Dios existe y quién es Dios. Los que somos ya creyentes no estamos exentos de tener que afrontar ambas cuestiones ni de vivir etapas de profunda oscuridad.
Pero podemos afirmar sin ninguna duda que Dios se deja encontrar por todo el que le busca con sinceridad y con limpieza de corazón. Los caminos pueden ser muy diferentes, pero en algún momento de su vida dirá convencido: Dios sí existe; y yo lo he encontrado. Aunque sería más correcto decir: Dios sí existe y me ha encontrado cuando yo le buscaba a tientas. Es lo que se pone de manifiesto en la fiesta cristiana de hoy: la epifanía del Señor, más conocida como la fiesta de los Reyes.
Tenemos a unos hombres que buscan la verdad. Trataban de descubrir el funcionamiento del mundo y de los astros. En un momento dado, se sienten interpelados por un fenómeno que no era habitual, por un astro que les resultaba novedoso, y se pusieron en camino. El astro fue sólo un signo, y no demasiado elocuente, pero provocó en ellos el deseo de ir más allá de las apariencias, el deseo de transcender y llegar a Dios. Y saben que sólo lo pueden encontrar los que son limpios de corazón y los que buscan desde la cociencia de su pequeñez.
Hay un momento en el que perdieron la señal que seguían y se sintieron desconcertados. Pero, en lugar de rendirse, preguntaron a todo el que les pudiera dar alguna noticia de ese Dios que está viniendo al encuentro del hombre: se dejaronn ayudar por aquellos que creen saber algo de Dios. Hasta que la señal se hizo más nítida y más cercana: encontraron al Dios desconcertante que se nos ha manifestado en un niño desvalido. Y fue entonces, cuando la inteligencia se vio sometida a una dura prueba, cuando su corazón intuyó que Dios se da a conocer a todos los que le buscan sinceramente y a los que se deciden a adentrarse en el camino de las bienaventuranzas.
Pero podemos afirmar sin ninguna duda que Dios se deja encontrar por todo el que le busca con sinceridad y con limpieza de corazón. Los caminos pueden ser muy diferentes, pero en algún momento de su vida dirá convencido: Dios sí existe; y yo lo he encontrado. Aunque sería más correcto decir: Dios sí existe y me ha encontrado cuando yo le buscaba a tientas. Es lo que se pone de manifiesto en la fiesta cristiana de hoy: la epifanía del Señor, más conocida como la fiesta de los Reyes.
Tenemos a unos hombres que buscan la verdad. Trataban de descubrir el funcionamiento del mundo y de los astros. En un momento dado, se sienten interpelados por un fenómeno que no era habitual, por un astro que les resultaba novedoso, y se pusieron en camino. El astro fue sólo un signo, y no demasiado elocuente, pero provocó en ellos el deseo de ir más allá de las apariencias, el deseo de transcender y llegar a Dios. Y saben que sólo lo pueden encontrar los que son limpios de corazón y los que buscan desde la cociencia de su pequeñez.
Hay un momento en el que perdieron la señal que seguían y se sintieron desconcertados. Pero, en lugar de rendirse, preguntaron a todo el que les pudiera dar alguna noticia de ese Dios que está viniendo al encuentro del hombre: se dejaronn ayudar por aquellos que creen saber algo de Dios. Hasta que la señal se hizo más nítida y más cercana: encontraron al Dios desconcertante que se nos ha manifestado en un niño desvalido. Y fue entonces, cuando la inteligencia se vio sometida a una dura prueba, cuando su corazón intuyó que Dios se da a conocer a todos los que le buscan sinceramente y a los que se deciden a adentrarse en el camino de las bienaventuranzas.
viernes, 28 de diciembre de 2012
EL CONCILIO Y LA NUEVA EVANGELIZACIÓN
Una de las bases de la nueva evangelización en la que estamos empeñados los católicos es el conocimiento y la aplicación de cuanto nos dice el concilio Vaticano II. Para poder dar pasos, es necesario analizar con detenimiento cuáles son las carencias pricipales en este campo. Es decir, poner de relieve qué aspectos de su enseñanza siguen pendientes de ser llevados a la práctica. El tema es difícil y complejo, y exige que todos los miembros de la Iglesia aportemos sugerencias. Por mi parte, hoy me voy a fijar en tres aspectos.
El primero, el papel de los seglares en la Iglesia. Si miramos lo que sucede en las parroquias, podemos ver que la mayoría de los sacerdotes no respetan lo que el Espíritu ha ido desarrollando en las comunidades. Cuando llegan a un nuevo destino, hacen y deshacen a su gusto, sin respetar lo que se ha venido haciendo y conctruyendo durante años en aquella comunidad. Además, en la mayoría de las parroquias no hay órganos colegiados de búsqueda y decisión, como pueden ser los consejos pastorales y los consejos de economía. Los seglares se tienen que limitar a poner en práctica lo que decide el párroco y de la forma en la que él lo decide. Y si miramos a las diócesis, vemos que sucede lo mismo. A los seglares no se les reconoce ninguna iniciativa, e incluso se evita que ocupen aquellos cargos diocesanos para los que están capacitados. Existen órganos colegiados, pero su papel se limta a dar su punto de vista sobre los que otros, siempre clérigos, han pensado y propuesto. Esto ha llevado a que carezcamos de un laicado preparado y comprometido con la fe y con el mundo.
El segundo, la falta de conocimiento y de aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Dicho de otra modo, la falta de puentes de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Este punto tiene que ver con el anterior, pues sin un laicado bien formado y comprometido, corremos el riesgo real de reducir la vida de fe a la Liturgia y a los comportamientos personales. O más bien, individuales. Debido a todo ello, muchos cristianos están a la defensiva frente a lo que se gesta fuera de la Iglesia. Su relación con el mundo circundante es de mera observación distante -y, con frecuencia, de actitud crítica en sentido negativo. En lugar de ser la vangiardia de Dios en un mundo que se hace cada día, nos hemos convertido en los hombres y las mujeres del no.
En tercer lugar, una fuerte carencia de experiencia de Dios y de la comprensión de la fe en clave trinitaria. Conviene recordar que el Concilio, que se presenta como un concilio pastoral, dedica los puntos dos, tres y cuatro de su primer documento, la "Lumen gentium", a hablar del Padre, del Hijo y dfel Espíritu Santo en la vida del mundo y de la Iglesia. Tenemos un exceso de moral y de normas, y un gran déficil de Dios, tanto en la vida de los creyentes como en el anuncio de la fe.
Por supuesto que detecto otras carencias, pero éstas me parecen las más preocupantes, Y de poco servirá hablar de nueva evangelización, si no nos renovamos cada uno, empezando por los que estamos llamados a servir; y frenamos o no alentamos o no permitimos la renovación profunda de nuestras comunidades.
El primero, el papel de los seglares en la Iglesia. Si miramos lo que sucede en las parroquias, podemos ver que la mayoría de los sacerdotes no respetan lo que el Espíritu ha ido desarrollando en las comunidades. Cuando llegan a un nuevo destino, hacen y deshacen a su gusto, sin respetar lo que se ha venido haciendo y conctruyendo durante años en aquella comunidad. Además, en la mayoría de las parroquias no hay órganos colegiados de búsqueda y decisión, como pueden ser los consejos pastorales y los consejos de economía. Los seglares se tienen que limitar a poner en práctica lo que decide el párroco y de la forma en la que él lo decide. Y si miramos a las diócesis, vemos que sucede lo mismo. A los seglares no se les reconoce ninguna iniciativa, e incluso se evita que ocupen aquellos cargos diocesanos para los que están capacitados. Existen órganos colegiados, pero su papel se limta a dar su punto de vista sobre los que otros, siempre clérigos, han pensado y propuesto. Esto ha llevado a que carezcamos de un laicado preparado y comprometido con la fe y con el mundo.
El segundo, la falta de conocimiento y de aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Dicho de otra modo, la falta de puentes de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Este punto tiene que ver con el anterior, pues sin un laicado bien formado y comprometido, corremos el riesgo real de reducir la vida de fe a la Liturgia y a los comportamientos personales. O más bien, individuales. Debido a todo ello, muchos cristianos están a la defensiva frente a lo que se gesta fuera de la Iglesia. Su relación con el mundo circundante es de mera observación distante -y, con frecuencia, de actitud crítica en sentido negativo. En lugar de ser la vangiardia de Dios en un mundo que se hace cada día, nos hemos convertido en los hombres y las mujeres del no.
En tercer lugar, una fuerte carencia de experiencia de Dios y de la comprensión de la fe en clave trinitaria. Conviene recordar que el Concilio, que se presenta como un concilio pastoral, dedica los puntos dos, tres y cuatro de su primer documento, la "Lumen gentium", a hablar del Padre, del Hijo y dfel Espíritu Santo en la vida del mundo y de la Iglesia. Tenemos un exceso de moral y de normas, y un gran déficil de Dios, tanto en la vida de los creyentes como en el anuncio de la fe.
Por supuesto que detecto otras carencias, pero éstas me parecen las más preocupantes, Y de poco servirá hablar de nueva evangelización, si no nos renovamos cada uno, empezando por los que estamos llamados a servir; y frenamos o no alentamos o no permitimos la renovación profunda de nuestras comunidades.
viernes, 21 de diciembre de 2012
FELIZ NAVIDAD
Durante estas fechas, son numerosas las llamadas, las tarjetas y los corresos electrónicos que recibo cada día. Mi primera reacción es la gratitud a quien se acuerda de mi y la gratitud a Dios, porque tengo amigos. En el mundo de las muchedumbres solitarias, es un verdadero privilegio. La segunda, es corresponder y a esas personas y, además de enviarles algún signo visible, las pongo en las manos de Dios, rezo por ellas y analizo todo lo que me han aportado a lo largo de mi vida. Soy consciente de que debo a los demás casi todo cuanto tengo y cuanto soy. Por supuesto, empezando por mis padres, mis hermanos y mis orofesores.
Cuando las llevo a la presencia de Dios, pido que les regale cosas muy sencillas y muy prácticas: la paz del corazón, la alegría de vivir, mucho amor de buena ley, abundancia de amigos y la atención necesaria para que descubran el paso de Dios por sus vidas. Sólo en algún caso pido también al Señor que les dé la salud que necesitan, hasta que aprendan a aceptar sin miedo y sin desesperanza los achaques de cada día y que se cumpla su voluntad. Junto con el trabajo y con un salario suficiente para comer, vestirse y realizar algún viaje, pienso que es todo lo necesario disfrutar de una vida buena.
Todo eso es lo que os deseo a cada uno de vosotros, amigos que frecuentáis este blog, mientras que me preparo a celebrar con alegría, gratitud y hondura la fiesta de la venida del Señor: la venida de hace dos mil años, cuando nació pobre en Belén; y la venida de hoy, cuando llama silencioso al corazón de cada uno de nosotros, todos los hombres, sus hijos, empezando por los más pobres y solos.
Cuando las llevo a la presencia de Dios, pido que les regale cosas muy sencillas y muy prácticas: la paz del corazón, la alegría de vivir, mucho amor de buena ley, abundancia de amigos y la atención necesaria para que descubran el paso de Dios por sus vidas. Sólo en algún caso pido también al Señor que les dé la salud que necesitan, hasta que aprendan a aceptar sin miedo y sin desesperanza los achaques de cada día y que se cumpla su voluntad. Junto con el trabajo y con un salario suficiente para comer, vestirse y realizar algún viaje, pienso que es todo lo necesario disfrutar de una vida buena.
Todo eso es lo que os deseo a cada uno de vosotros, amigos que frecuentáis este blog, mientras que me preparo a celebrar con alegría, gratitud y hondura la fiesta de la venida del Señor: la venida de hace dos mil años, cuando nació pobre en Belén; y la venida de hoy, cuando llama silencioso al corazón de cada uno de nosotros, todos los hombres, sus hijos, empezando por los más pobres y solos.
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